Cine Debate."El Dificil Arte de Amar". Articulo sobre Nora Ephron. Para compartir
El 1* de julio del 2012, con motivo de la muerte de Nora Ephron, se publico un articulo de Mariano Kairuz en el Suplementeo Radar, de Pagina 12. Me parecio interesante y quiero compartirlo:
"Despedidas > Murió Nora Ephron (1931-2012), la mejor directora de las últimas décadas
Dos años más tarde publicaba una novela que (apenas) ficcionalizaba todo el desastre matrimonial, de adulterio, decepción y divorcio. El libro fue un best-seller llamado Heartburn, y no mucho después fue una película dirigida por Mike Nichols, con Jack Nicholson como Bernstein, Meryl Streep como Ephron, y guión de la propia novelista. La película, que acá se conoció como El difícil arte de amar, fue un éxito enorme y hoy es un pequeño clásico de la comedia dramática de los ’80. Bernstein amenazó con demandar legalmente a su ex, pero se lo desaconsejaron, y se echó atrás.
“El asunto es que, aunque yo estuviera loca de atar, esto es lo que hacés si sos un escritor”, explicó Ephron. “Para eso está tu vida: para alimentar al animal.”
Esa había sido, después de todo, la lección número uno que les impartieron desde su infancia a Nora y sus tres hermanas menores –todas guionistas y/o escritoras– sus padres, una pareja de libretistas del Hollywood de los ’40, ’50 y ’60, Phoebe y Henry Ephron: “Todo es copia”. La vida real como fuente principal y casi exclusiva de grandes ideas para una buena ficción. “Tomá nota”, se dice que le dijo Phoebe a su primogénita hasta su lecho de muerte. Y sus propios padres le habían dado una prueba contundente de cómo se ponía en funcionamiento esta “máxima creativa”, al utilizar las cartas que Nora les mandaba desde la universidad para mujeres Welleslley, en Massachusetts, como base para el guión de la comedia Llevátela, es mía (1963), de Henry Koster. Ahí estaba todo, y Nora pudo comprobar cómo su propia vida y sus ocurrencias podían convertirse en una película de Sandra Dee y James Stewart cuando todavía era una estrella.
Así que Nora tomó nota
Sus primeras experiencias en el cine no fueron autobiográficas pero sí estuvieron basadas en historias reales. Su debut absoluto fue una misión casi delirante: corregir nada menos que al legendario William Goldman, cuyo guión para Todos los hombres del presidente no satisfacía a los autores del libro, Bernstein y Bob Woodward. La versión “arreglada” por Ephron y su entonces marido no fue usada por el director Alan Pakula, pero la experiencia le sirvió de aprendizaje. Poco tiempo después, Nora guionó (junto a Alice Arlen) la historia de Karen Silkwood, activista antinuclear, que se convirtió en un éxito bajo la dirección de Mike Nichols (Silkwood, 1983), dejó varias escenas indelebles (como la de la brutal ducha antirradiaciones a la que es sometida la protagonista), y le valió la primera de sus tres nominaciones al Oscar, así como la amistad de Meryl Streep, que se extendió por casi tres décadas, hasta la extraordinaria Julie & Julia.El pico de su carrera llegó en 1989 con Cuando Harry conoció a Sally, que dirigió Rob Reiner y para la que, si bien no hay nada ni necesaria ni evidentemente autobiográfico, está claro que Nora Ephron tomó muchas notas: vale la pena reverla una y otra vez porque los brillantes e iluminadores chispazos de cada una de sus escenas y de sus diálogos no se agotan nunca. Cuando Harry conoció a Sally se convirtió en la gran épica romántica de su tiempo, un ensayo repleto de ideas sobre el amor, el desamor y la amistad entre hombres y mujeres (o su imposibilidad, según el personaje de Billy Crystal), y también encarnó inmediatamente en el corazón de un conjunto de obras de distintos autores, cineastas y actores con diversas y cruzadas vinculaciones entre sí, y unidos principalmente por un profundo amor por el cine clásico norteamericano. Durante unos años, entre fines de los ’80 y principios de los ’90, este grupo de artistas y escritores (Rob Reiner y su esposa, la también directora Penny Marshall, el hermano de ésta, Garry “Mujer bonita” Marshall, y actores como Billy Crystal, Tom Hanks, y brevemente la nueva novia de América, Meg Ryan, entre otros) pareció revitalizar la comedia y el drama de Hollywood con un ojo puesto en los años dorados, los ’40 y ’50, del sistema de estudios. Películas como Quisiera ser grande, Un equipo muy especial, El cómico de la familia abrieron una esperanza. Cuando el libreto de Ephron filmado por Reiner citaba Casablanca no estaba recurriendo a un referente de autoridad fácil, gratuito y ready made, para validarse en un súper clásico, sino que constituía un eje argumental de la relación de pareja, al poner a Harry y Sally a discutir ideas esenciales sobre el romanticismo y el heroísmo sobre las que pueden sentarse las bases de una convivencia y hasta definirse el espíritu de una época. Cuatro años después, en Sintonía de amor (Sleepless in Seattle, 1993), escrita y también dirigida por ella, Ephron propuso una relectura moderna de la historia de amantes desencontrados que narraba Algo para recordar (Cary Grant y Deborah Kerr, 1957) y, apoyada en dos de las actores más populares de su momento, Hanks y Ryan, probó ser perfectamente funcional para un público contemporáneo que parecía desdeñar el cine “viejo”.
Ephron había empezado a dirigir, tras su experiencia en los sets de películas que había escrito, como un paso siguiente muy natural porque, alegaba, habiendo tan pocas directoras mujeres en la industria y tan pocos directores hombres dispuestos a entender a los personajes femeninos de los guiones –que eran su fuerte–, se imaginaba que contaba con alguna ventaja comparativa. A lo largo de veinte años filmó otras películas menos vistas y bastante menos buenas que Sintonía de amor y Julie & Julia: su debut, Esta es mi vida (de 1992, relato de las vicisitudes de una comediante de stand up y madre soltera interpretada por Julie Kavner) fue un film pequeño pero valioso que pasó bastante desapercibido y que acá se vio directamente en cable y vhs. Las poco recordadas y en general no muy recordables Línea de locos (con Steve Martin), Michael, tan solo un ángel (con John Travolta como un ángel caído, borracho y mujeriego) y Números de suerte sólo podían decepcionar, viniendo de la autora de Cuando Harry... y Sintonía de amor, pero el verdadero quiebre en su filmografía, y hasta cierto punto en el optimista renacimiento de la comedia clasicista, ocurrió con Tienes un e-mail, su remake –como guionista y directora– de un film de Ernst Lubitsch, El bazar de las sorpresas, nuevamente con Tom Hanks y Meg Ryan. Toda la sensibilidad que había exhibido en sus películas anteriores sucumbía al cinismo de los ’90 en la historia absurda del romance entre el propietario de una megacadena de librerías y la dueña de una pequeña librería independiente. Con un realismo casi impropio de una comedia que al principio podía tener como horizonte el cine de Capra, la corporación se llevaba puesta a la pequeña independiente, pero eso no impedía el happy ending entre ambos. Así de abrupto era el final, el de la película y en buena medida el de este movimiento de renovación que a partir de entonces pasó a parecer un espejismo.
Lo que es indiscutible es que Julie & Julia, su adaptación del libro-blog del ama de casa aspirante a periodista que se propuso el desafío de cocinar cada una de las recetas del libro de la chef y divulgadora Julia Child (una leyenda de la televisión y la cultura popular norteamericanas afín a la que Doña Petrona fue por acá) devolvió al cine –y a unos de los temas favoritos de sus años como periodista: la comida– la energía, el humor y la sensibilidad que la cineasta casi accidental que había debutado tras las cámaras a los 50 años parecía haber perdido.
La razón por la que uno podía esperar con ganas su próxima película es que estaba claro que Nora Ephron se había recuperado de sus fracasos con la misma determinación y la filosofía que la acompañó toda su vida. Convertida en emblema de la (rara)-mujer-con-algún-poder- en
Hollywood, decía cosas algo incorrectas como que “hoy sencillamente no
puedo tolerar todos esos interminables paneles de debate sobre la mujer
en el cine. Simplemente hacelo. Si no conseguís que filmen este guión,
escribí otra cosa”. Todo estaba ya en las notas que tomó durante su
infancia, en las rigurosas lecciones de supervivencia de sus padres.
“Podías estar deshaciéndote en lágrimas que te decían: algún día esto va
a ser gracioso. Decirle a un chico que está deshecho que hay una
historia en esto que le está ocurriendo puede ser extraño, incluso
sonarte contraintuitivo como madre, pero eso es lo que nos decían, y a
veces creo que es una suerte que aprendimos a hacerlo, porque somos
buenas en esto, porque no somos más que gente salvajemente superficial.
Esto es lo que somos, pero nunca nos victimizamos. Sencillamente lo
superamos, seguimos adelante.”
Fuente: Diario Pagina 12, Suplemento Radar, Articulo de Mariano Kairuz publicado el 1* de Julio 2012
"Despedidas > Murió Nora Ephron (1931-2012), la mejor directora de las últimas décadas
El difícil arte de amar
Hollywood tiene pocas directoras, pero incluso sumando a los hombres, hay pocos capaces de escribir y dirigir con la sensibilidad romántica de Nora Ephron en sus mejores momentos. Sólo con su guión de Cuando Harry conoció a Sally ya se habría ganado un lugar en la historia del cine. Pero después de Sintonía de amor y un bajón del que parecía recuperada con la notable Julie & Julia, Nora Ephron murió la semana pasada a los 71 años, dejando una historia de best-sellers, matrimonios, guiones, divorcios, películas, desastres y el sueño dorado de volver al gran cine clásico de los ’40 en el que bailan el amor y la gracia para sobrevivir a él.
Por Mariano Kairuz
Fue en 1979: Nora Ephron estaba
casada aún con Carl Bernstein, uno de los dos periodistas del Watergate,
el segundo de sus maridos y padre de sus dos hijos –Jacob, de un año de
edad, y Max, del que todavía estaba embarazada–, pero el matrimonio ya
se encontraba en escandaloso proceso de separación y divorcio. Ella
había descubierto que él la engañaba con la esposa del embajador
británico. El diplomático la llamó y le dijo: “Deberíamos encontrarnos”.
“Así es”, coincidió ella, y arreglaron una reunión en un restaurante
chino de Connecticut, lejos de donde pudiera seguirlos la prensa. Al
verse en la entrada del local, los cornudos públicos se abrazaron,
lloriqueando, y ella, con su panza, le dijo: “Peter, ¿no es horrible?”. A
lo que el político respondió, algo teatral e incomprensiblemente: “Sí,
sencillamente horrible. ¿Qué le está pasando a este país?”. “Sin dejar
de llorar”, contó Ephron años más tarde al recordar aquel episodio,
“cuando dijo eso pensé: esto es graciosísimo. Sabía que algún día podría
escribir sobre ello”.Dos años más tarde publicaba una novela que (apenas) ficcionalizaba todo el desastre matrimonial, de adulterio, decepción y divorcio. El libro fue un best-seller llamado Heartburn, y no mucho después fue una película dirigida por Mike Nichols, con Jack Nicholson como Bernstein, Meryl Streep como Ephron, y guión de la propia novelista. La película, que acá se conoció como El difícil arte de amar, fue un éxito enorme y hoy es un pequeño clásico de la comedia dramática de los ’80. Bernstein amenazó con demandar legalmente a su ex, pero se lo desaconsejaron, y se echó atrás.
“El asunto es que, aunque yo estuviera loca de atar, esto es lo que hacés si sos un escritor”, explicó Ephron. “Para eso está tu vida: para alimentar al animal.”
Esa había sido, después de todo, la lección número uno que les impartieron desde su infancia a Nora y sus tres hermanas menores –todas guionistas y/o escritoras– sus padres, una pareja de libretistas del Hollywood de los ’40, ’50 y ’60, Phoebe y Henry Ephron: “Todo es copia”. La vida real como fuente principal y casi exclusiva de grandes ideas para una buena ficción. “Tomá nota”, se dice que le dijo Phoebe a su primogénita hasta su lecho de muerte. Y sus propios padres le habían dado una prueba contundente de cómo se ponía en funcionamiento esta “máxima creativa”, al utilizar las cartas que Nora les mandaba desde la universidad para mujeres Welleslley, en Massachusetts, como base para el guión de la comedia Llevátela, es mía (1963), de Henry Koster. Ahí estaba todo, y Nora pudo comprobar cómo su propia vida y sus ocurrencias podían convertirse en una película de Sandra Dee y James Stewart cuando todavía era una estrella.
Así que Nora tomó nota
IMITACION DE LA VIDA(CON FINAL FELIZ)
Y ahora que Nora Ephron (Nueva York, 1931-2012) murió, el martes pasado, a unos 71 años de edad que parecían muchos menos, y como efecto de una leucemia que mantuvo oculta desde hace seis años, queda una filmografía con altibajos y la sensación de que aún podría haber sido mayor y que aquello que quedó trunco se encaminaba hacia un cierre a la altura de sus mayores éxitos. Acaso bastante más que una filmografía, porque Nora vivió varias vidas: si fue una guionista y directora internacionalmente reconocida, en Estados Unidos antes había sido una exitosa periodista y aguda y divertida ensayista (sus notas y columnas fueron recopiladas en varios libros, como Wallflower at the Orgy y Crazy Salad) en el New York Post, Esquire y The New Yorker, y en los últimos años se había convertido en una entusiasta bloggera en el sitio de su amiga Ariana Huffington, y también en dramaturga. Pero su fama mundial se debió a sus películas, y no sólo a las que realizó como directora. Sus padres la habían criado, a ella y a sus hermanas, para que fueran escritoras, y durante su infancia y parte de su adolescencia, decía Ephron, la vida en la casa familiar parecía una sitcom. Después las cosas se pusieron más complicadas, en parte debido a los problemas laborales de sus padres, que devinieron en la ruina matrimonial. Se volvieron alcohólicos, y su madre murió de una cirrosis, aunque Nora y sus hermanas siempre tuvieron fuertes sospechas de que su padre le dio el tiro de gracia suministrándole una sobredosis de pastillas para dormir. Toda esta desdicha que oscurece varios años de su biografía familiar no limitó ni intimidó a Nora, quien en todo caso se preguntó, siguiendo la enseñanza de su madre, de qué modo y cuándo podría utilizar todo este material en una comedia, o un drama, o lo que fuera.Sus primeras experiencias en el cine no fueron autobiográficas pero sí estuvieron basadas en historias reales. Su debut absoluto fue una misión casi delirante: corregir nada menos que al legendario William Goldman, cuyo guión para Todos los hombres del presidente no satisfacía a los autores del libro, Bernstein y Bob Woodward. La versión “arreglada” por Ephron y su entonces marido no fue usada por el director Alan Pakula, pero la experiencia le sirvió de aprendizaje. Poco tiempo después, Nora guionó (junto a Alice Arlen) la historia de Karen Silkwood, activista antinuclear, que se convirtió en un éxito bajo la dirección de Mike Nichols (Silkwood, 1983), dejó varias escenas indelebles (como la de la brutal ducha antirradiaciones a la que es sometida la protagonista), y le valió la primera de sus tres nominaciones al Oscar, así como la amistad de Meryl Streep, que se extendió por casi tres décadas, hasta la extraordinaria Julie & Julia.El pico de su carrera llegó en 1989 con Cuando Harry conoció a Sally, que dirigió Rob Reiner y para la que, si bien no hay nada ni necesaria ni evidentemente autobiográfico, está claro que Nora Ephron tomó muchas notas: vale la pena reverla una y otra vez porque los brillantes e iluminadores chispazos de cada una de sus escenas y de sus diálogos no se agotan nunca. Cuando Harry conoció a Sally se convirtió en la gran épica romántica de su tiempo, un ensayo repleto de ideas sobre el amor, el desamor y la amistad entre hombres y mujeres (o su imposibilidad, según el personaje de Billy Crystal), y también encarnó inmediatamente en el corazón de un conjunto de obras de distintos autores, cineastas y actores con diversas y cruzadas vinculaciones entre sí, y unidos principalmente por un profundo amor por el cine clásico norteamericano. Durante unos años, entre fines de los ’80 y principios de los ’90, este grupo de artistas y escritores (Rob Reiner y su esposa, la también directora Penny Marshall, el hermano de ésta, Garry “Mujer bonita” Marshall, y actores como Billy Crystal, Tom Hanks, y brevemente la nueva novia de América, Meg Ryan, entre otros) pareció revitalizar la comedia y el drama de Hollywood con un ojo puesto en los años dorados, los ’40 y ’50, del sistema de estudios. Películas como Quisiera ser grande, Un equipo muy especial, El cómico de la familia abrieron una esperanza. Cuando el libreto de Ephron filmado por Reiner citaba Casablanca no estaba recurriendo a un referente de autoridad fácil, gratuito y ready made, para validarse en un súper clásico, sino que constituía un eje argumental de la relación de pareja, al poner a Harry y Sally a discutir ideas esenciales sobre el romanticismo y el heroísmo sobre las que pueden sentarse las bases de una convivencia y hasta definirse el espíritu de una época. Cuatro años después, en Sintonía de amor (Sleepless in Seattle, 1993), escrita y también dirigida por ella, Ephron propuso una relectura moderna de la historia de amantes desencontrados que narraba Algo para recordar (Cary Grant y Deborah Kerr, 1957) y, apoyada en dos de las actores más populares de su momento, Hanks y Ryan, probó ser perfectamente funcional para un público contemporáneo que parecía desdeñar el cine “viejo”.
Ephron había empezado a dirigir, tras su experiencia en los sets de películas que había escrito, como un paso siguiente muy natural porque, alegaba, habiendo tan pocas directoras mujeres en la industria y tan pocos directores hombres dispuestos a entender a los personajes femeninos de los guiones –que eran su fuerte–, se imaginaba que contaba con alguna ventaja comparativa. A lo largo de veinte años filmó otras películas menos vistas y bastante menos buenas que Sintonía de amor y Julie & Julia: su debut, Esta es mi vida (de 1992, relato de las vicisitudes de una comediante de stand up y madre soltera interpretada por Julie Kavner) fue un film pequeño pero valioso que pasó bastante desapercibido y que acá se vio directamente en cable y vhs. Las poco recordadas y en general no muy recordables Línea de locos (con Steve Martin), Michael, tan solo un ángel (con John Travolta como un ángel caído, borracho y mujeriego) y Números de suerte sólo podían decepcionar, viniendo de la autora de Cuando Harry... y Sintonía de amor, pero el verdadero quiebre en su filmografía, y hasta cierto punto en el optimista renacimiento de la comedia clasicista, ocurrió con Tienes un e-mail, su remake –como guionista y directora– de un film de Ernst Lubitsch, El bazar de las sorpresas, nuevamente con Tom Hanks y Meg Ryan. Toda la sensibilidad que había exhibido en sus películas anteriores sucumbía al cinismo de los ’90 en la historia absurda del romance entre el propietario de una megacadena de librerías y la dueña de una pequeña librería independiente. Con un realismo casi impropio de una comedia que al principio podía tener como horizonte el cine de Capra, la corporación se llevaba puesta a la pequeña independiente, pero eso no impedía el happy ending entre ambos. Así de abrupto era el final, el de la película y en buena medida el de este movimiento de renovación que a partir de entonces pasó a parecer un espejismo.
SEGUIR ADELANTE
Basta con ver varios de los últimos cachivaches de Rob Reiner (alguna vez uno de los mejores de su generación), los bofes de Garry Marshall (o preguntarse por la ausencia de su hermana) o enumerar los traspiés de Hanks (¿El código da Vinci?) y Meg Ryan para sentir toda aquella efervescencia como algo lejano y muy pasajero. Sin embargo, Ephron dio auténticas señales de vida con sus últimas dos películas, bastante recientes. A pesar de sus defectos, su versión de Hechizada (2005) con Nicole Kidman fue una apuesta rara e interesante, que probablemente fracasó porque no alcanzó a satisfacer al público cautivo del marketing de lo retro y el revival (de la sitcom protagonizada por Elizabeth Montghomery en los ’60), y en su lugar hizo un juego de ficción dentro de la ficción y fantasía fuera de la fantasía demasiado intrincado. Sus mayores detractores entre la crítica estadounidense dijeron que Ephron se había volcado a filmar menos historias que “truquitos argumentales”.Lo que es indiscutible es que Julie & Julia, su adaptación del libro-blog del ama de casa aspirante a periodista que se propuso el desafío de cocinar cada una de las recetas del libro de la chef y divulgadora Julia Child (una leyenda de la televisión y la cultura popular norteamericanas afín a la que Doña Petrona fue por acá) devolvió al cine –y a unos de los temas favoritos de sus años como periodista: la comida– la energía, el humor y la sensibilidad que la cineasta casi accidental que había debutado tras las cámaras a los 50 años parecía haber perdido.
La razón por la que uno podía esperar con ganas su próxima película es que estaba claro que Nora Ephron se había recuperado de sus fracasos con la misma determinación y la filosofía que la acompañó toda su vida. Convertida en emblema de la (rara)-mujer-con-algún-poder-
Fuente: Diario Pagina 12, Suplemento Radar, Articulo de Mariano Kairuz publicado el 1* de Julio 2012
Cine Debate."El Dificil Arte de Amar". Programacion 3, 4, 5 y 6 de agosto 2015
- El lunes 3 a las 19hs
- El martes 4 a las 20hs
- El miercoles 5 a las 19hs y
- El jueves 6 a las 20hs
- analizaremos:
"El Dificil Arte de Amar"
- EE.UU 1986
- Titulo original: Heartburn
Con: Meryl Streep, Jack Nicholson, Jeff Daniels, Kevin Spacey, Stockard Channing, Maureen Stapleton... - Director: Mike Nichols
- Guion: Nora Ephron (basado en su biografia)
Genero: Comedia-Drama-Romance/Comedia dramatica
Algunos datos:
Nora Ephron- 1941-2012- fue directora, novelista, guionista y productora.
Peliculas com0 "Cuando Harry conocio a Sally" (guionista y coproductora), "Sintonia de Amor" (directora- guionista)"Tienes un e-mail"(guionista-directora-productora) "Julie y Julia" (directora-guionista y productora) han sido exitos de taquilla
Mike Nichols- 1931-2014- dirigio entre otras peliculas:- "Quien le teme a Virginia Woolf" (1966), con Elizabeth Taylor, Richard Burton, George Segal...
"El Graduado"(1967) con Dustin Hoffman, Anne Bancroft. (inolvidable musica de Simon y Garfunkel.) - "Una Segunda Oportunidad" (1991) con Harrison Ford, Annette Bening ...
- "Lo que Resta del Dia" (1993) Con Anthony Hopkins, Emma Thompson...
"La Jaula de los Pajaros" (1996) con Gene Hackman, Robin Williams...
"Closer" (2004) con Julia Roberts, Natalie Portman, Jude Law, Clive Owen... - "Juego de Poder" (2007) con Tom Hanks, Julia Roberts...
"El Graduado" obtuvo el Oscar 1968 al mejor director.
Peliculas Recomendadas para el fin de semana
Horacio Perez y Clarita Faw recomiendan: "La ultima Estacion"(2009) de Michael Hoffman
Su Fariña recomienda: "A tomar Mujer"(2004), "Los 7 dias"(2008) y "Gett" (2014) de los directores israelies Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz
Jorge Buchter recomienda: ""La French"(2015) de Cedric Jimenez y "The Kindergarten Teacher"(2014) de Nadar Lapid
Susy Kurz recomienda: "Todos nos llamamos Ali" (1974) escrita y dirigida por Rainer Werner Fassbinder
Juan Raggi recomienda: "Intensamente" (2015) de Pete Docter
Su Fariña recomienda: "A tomar Mujer"(2004), "Los 7 dias"(2008) y "Gett" (2014) de los directores israelies Ronit Elkabetz y Shlomi Elkabetz
Jorge Buchter recomienda: ""La French"(2015) de Cedric Jimenez y "The Kindergarten Teacher"(2014) de Nadar Lapid
Susy Kurz recomienda: "Todos nos llamamos Ali" (1974) escrita y dirigida por Rainer Werner Fassbinder
Juan Raggi recomienda: "Intensamente" (2015) de Pete Docter
Cine Debate. "Memorias de Antonia" Teresa Aranda quiere compartir un articulo de Arturo Perez Reverte
A raíz de la pelicula "Memorias de Antonia", que esta tan relacionada con la muerte ....buscando encontré este artículo de Arturo Perez Reverte sobre cómo se moría antes...en la propia cama, con la familia alrededor y ahora...en las salas de los hospitales con biombo separador de otro enfermo...con los acotados horarios de visitas..
Me parecio interesante compartirlo.
Teresa Aranda. Grupo de los miercoles.
Antes nos moriamos mejor
Antes
nos moríamos de otra manera. Salvo accidentes, guerras e imprevistos,
los españoles decían adiós muy buenas en el dormitorio de su propia casa
y, según las esquelas del ABC, tras larga y dolorosa enfermedad. Eran
los nuestros unos óbitos dignos y meridionales, con la familia
alrededor, los hijos diciendo papá no te vayas y las vecinas rezando el
rosario en la cocina, entre copita y copita de anís del Mono y agua de
azahar. Se oía una campanilla, llegaba un cura rezando latines, y una de
dos: el agonizante decía pase usted padre, con cristiana serenidad, o
lo mandaba a freír espárragos con la mujer y las hijas diciéndole hay
que ver, Paco, papá, cómo eres, te vas a condenar. Morirse en España era
morirse uno en la cama como Dios manda, protagonista del último acto de
su vida, libre de aceptar o rechazar los santos óleos, bendecir a la
progenie o, llegado el momento supremo, incorporarse un poco sobre la
almohada y decirles a los deudos con el último suspiro eso tan
satisfactorio y tan castizo de podéis iros todos a la mierda.
Además, era instructivo para los niños. Ahora los quitan de en medio en el acto, no sea que vayan a traumatizarse con el espectáculo, y así salen después los nenes, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor son cosa exclusiva de los bosnios y los negritos de Ruanda. Al arriba firmante le dejaron de fumar casi todos los ancestros en casa, y recuerdo perfectamente a dos, llevándome de la mano para darle un último beso al abuelito y a la abuelita cuando ya estaban tiesos como la mojama. A otro abuelo ayudé a amortajarlo personalmente con quince años, y recuerdo que mi padre le quitó de la solapa el clavel chulapón que yo, en un exceso de celo, le había puesto buscando un póstumo toque elegante. Claveles aparte, no me quedó ningún trauma, sino todo lo contrario. Todo aquello tenía algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.
Pero la muerte ya no es lo que era. Ahora vas y te sientes un día un poco pachucho, el yerno te lleva al hospital en el Opel Corsa, y de allí ya no sales. Como si acabaras de caer en una trampa, te ponen un pijama, te llenan de tubos, una enfermera cuarentona pero de buen ver te dice tranquilo, abuelo, esto no es nada, y te pasas la agonía mirando el techo blanco de la habitación de la clínica, con la familia llorosa yendo a verte de cuatro a cinco, y los parientes lejanos de tu vecino de cama, que palmó ayer por la tarde, equivocándose de visita y despertándote en mitad de la siesta para decir qué buena cara tienes, tío Mariano, sin saber que al tío Mariano lo enterraron a las doce. Si duras lo suficiente tendrás varios vecinos de cama: desde el que no te deja dormir por las noches con la tos hasta ese otro con el que haces amistad y su mujer, una santa, te da conversación y hasta se ofrece a traerte la chata o el lagarto para que te alivies por las noches. Eso es lo bueno de los hospitales: que mientras te mueres, conoces gente.
Y después, que esa es otra, viene lo del tanatorio. Porque antes llegaban los del Ocaso S. A. a casa y te ponían en una caja de pino, recién afeitado, con el traje de los domingos que sólo te faltaba en el bolsillo el cigarro puro y la entrada para ir a los toros, y después se iban congregando los vecinos y los amigos en el vestíbulo, y la escalera, Y la calle, antes de que te sacaran a hombros, por muy mal que lo hubieras hecho, para conducirte solemnemente a tu última morada, con las hijas diciendo que no se lleven a papá y una corona con la inscripción Tus compadres de mus no te olvidan.
Ahora, sin embargo, ponen un biombo mientras te amortajan con una sábana del hospital y te sacan discretamente, a escondidas, como si palmarla fuera algo vergonzoso, y te llevan a toda prisa al tanatorio donde hay ocho o diez funerales a la vez, y la gente llega y pregunta éste es el entierro número diez, y le contestan no, éste es el número ocho, el diez es la puerta quince, allí donde llora esa señora. Y aquello ni es funeral ni es nada, todo el mundo mirando el reloj porque hay que desalojar la sala a la hora justa, música de casettes que un día igual se equivocan y te ponen a los Ronaldos mientras el cura -con sandalias y camiseta- despacha el requiéscat con dos mantazos y media estocada. Y para postre, el nicho tiene tu nombre con letras pegadas de rotulit de ese, que se caen a los tres días, y encima el yerno sugiere que pongan tu foto. Y allí te quedas, en óvalo, mirando al personal con cara de panoli cada uno de noviembre, cuando vienen a cambiarte las flores de plástico.
Además, era instructivo para los niños. Ahora los quitan de en medio en el acto, no sea que vayan a traumatizarse con el espectáculo, y así salen después los nenes, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor son cosa exclusiva de los bosnios y los negritos de Ruanda. Al arriba firmante le dejaron de fumar casi todos los ancestros en casa, y recuerdo perfectamente a dos, llevándome de la mano para darle un último beso al abuelito y a la abuelita cuando ya estaban tiesos como la mojama. A otro abuelo ayudé a amortajarlo personalmente con quince años, y recuerdo que mi padre le quitó de la solapa el clavel chulapón que yo, en un exceso de celo, le había puesto buscando un póstumo toque elegante. Claveles aparte, no me quedó ningún trauma, sino todo lo contrario. Todo aquello tenía algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.
Pero la muerte ya no es lo que era. Ahora vas y te sientes un día un poco pachucho, el yerno te lleva al hospital en el Opel Corsa, y de allí ya no sales. Como si acabaras de caer en una trampa, te ponen un pijama, te llenan de tubos, una enfermera cuarentona pero de buen ver te dice tranquilo, abuelo, esto no es nada, y te pasas la agonía mirando el techo blanco de la habitación de la clínica, con la familia llorosa yendo a verte de cuatro a cinco, y los parientes lejanos de tu vecino de cama, que palmó ayer por la tarde, equivocándose de visita y despertándote en mitad de la siesta para decir qué buena cara tienes, tío Mariano, sin saber que al tío Mariano lo enterraron a las doce. Si duras lo suficiente tendrás varios vecinos de cama: desde el que no te deja dormir por las noches con la tos hasta ese otro con el que haces amistad y su mujer, una santa, te da conversación y hasta se ofrece a traerte la chata o el lagarto para que te alivies por las noches. Eso es lo bueno de los hospitales: que mientras te mueres, conoces gente.
Y después, que esa es otra, viene lo del tanatorio. Porque antes llegaban los del Ocaso S. A. a casa y te ponían en una caja de pino, recién afeitado, con el traje de los domingos que sólo te faltaba en el bolsillo el cigarro puro y la entrada para ir a los toros, y después se iban congregando los vecinos y los amigos en el vestíbulo, y la escalera, Y la calle, antes de que te sacaran a hombros, por muy mal que lo hubieras hecho, para conducirte solemnemente a tu última morada, con las hijas diciendo que no se lleven a papá y una corona con la inscripción Tus compadres de mus no te olvidan.
Ahora, sin embargo, ponen un biombo mientras te amortajan con una sábana del hospital y te sacan discretamente, a escondidas, como si palmarla fuera algo vergonzoso, y te llevan a toda prisa al tanatorio donde hay ocho o diez funerales a la vez, y la gente llega y pregunta éste es el entierro número diez, y le contestan no, éste es el número ocho, el diez es la puerta quince, allí donde llora esa señora. Y aquello ni es funeral ni es nada, todo el mundo mirando el reloj porque hay que desalojar la sala a la hora justa, música de casettes que un día igual se equivocan y te ponen a los Ronaldos mientras el cura -con sandalias y camiseta- despacha el requiéscat con dos mantazos y media estocada. Y para postre, el nicho tiene tu nombre con letras pegadas de rotulit de ese, que se caen a los tres días, y encima el yerno sugiere que pongan tu foto. Y allí te quedas, en óvalo, mirando al personal con cara de panoli cada uno de noviembre, cuando vienen a cambiarte las flores de plástico.
Fuente:
http://arturoperez-reverte.blogspot.com.ar/2009/08/antes-nos-moriamos-mejor.html
Publicado el 6 de noviembre de 1994
http://arturoperez-reverte.blogspot.com.ar/2009/08/antes-nos-moriamos-mejor.html
Cine Debate. "Memorias de Antonia". Teresa Aranda quiere compartir un articulo de Nelly Jitsuya
MEMORIAS DE ANTONIA: Una mirada femenina omnipresente
Memorias de Antonia
Recordando el Pasado y Re-imaginando el Presente
"La película nos introduce de golpe, antes de que aparezcan los títulos, al último día en la vida de Antonia. Vemos a una mujer de cabello blanco, acostada en la cama, aparentando la quietud de la muerte o, tal vez, la serenidad de haber llevado una vida plena. Al mismo tiempo, la voz de una narradora externa y omnisciente anuncia que se trata de Antonia y que ella sabe que éste es el día en que morirá, el día en que “el milagro de la muerte” la abrazará. Una vez que se levanta, la propia Antonia dice, “Ya, es hora de morir”. Así, desde un primer momento, hay un efecto desestabilizador que abre las ventanas a lo mágico (de saber exactamente cuándo se va a morir) y a la contraposición de lo esperado (horror, negación o rechazo hacia la muerte) con una mirada y voz femeninas que perciben y relatan la muerte como si se tratara de un evento significativo y milagroso, pero libre de cargas negativas.
Retrocediendo
en el tiempo hasta el momento en que Antonia y su hija adolescente,
Danielle, regresan al pueblo holandés donde nació Antonia, vemos algunos
rastros de la segunda guerra mundial, que acaba de terminar. En primer
lugar, las dos mujeres pasan delante de una pared donde está escrito en
grandes letras: “Bienvenidos [o bienvenidas, no hay género en el
original en inglés] nuestros[as] libertadores[as]”. A su lado, hay un
edificio semi-derruido, con un forado que podría haber sido provocado
por una bomba.

Las
palabras escritas en la pared, aparentemente haciendo alusión a la
liberación de la ocupación nazi por las fuerzas aliadas, conlleva
también el subtexto de otro tipo de liberación, la de la ocupación
patriarcal de los cuerpos y deseos de las mujeres, y a las dos recién
llegadas, como sus posibles libertadoras. Continuando su camino, pasan
al lado de un jeep militar abandonado, que yace tirado al borde del
camino. Sin embargo, éste es un pequeño rastro de la guerra casi
obliterado por el paisaje de verdes campos que se abre ante ellas y que
ocupa la mayor parte de la pantalla. Así, la película se ubica en el
plano realista del período de post-guerra, pero sin detenerse en ello y,
sobre todo, sin melodramas.
La
inserción de elementos mágicos e inesperados en este contexto histórico
ubican la película dentro del realismo mágico, definido por Achitenel como: “…una
corriente literaria cuyos rasgos principales son la desgarradura de la
realidad por una acción fantástica descrita de un modo realista dentro
de la narrativa”.1
Otro
ejemplo es cuando la narradora nos explica que “Antonia vino para
enterrar a la madre [Allegonda], pero ella aún estaba viva”…. y no sólo
viva, sino, despotricando hasta el último suspiro contra su difunto
marido, un mujeriego empedernido. Luego, durante su misa fúnebre,
Allegonda, como empujada por un resorte, se sienta muy erguida en su
féretro mostrando una sonrisa socarrona, y empieza a cantar a viva voz
una estrofa de “My blue heaven” (Mi cielo azul) de Frank Sinatra.
Ante esta irrupción irreverente, nada menos que por parte de una mujer
ya muerta, la imagen de un Cristo crucificado levanta la cabeza, y a
continuación, Antonia comenta: “Es todo una basura, pero así son las
cosas”. Como señala Achitenel, “El realismo mágico invita al lector a menospreciar lo real, a apreciar lo milagroso y a despreciar lo histórico”.2

La
mágica exageración subvierte de manera paródica las normas
convencionales, re-creando la realidad misma y dando a Allegonda una
salida airosa. Al mismo tiempo, se burla de la iglesia católica que
sobrevive por encima de diversas formas de violencia, algunas provocadas
por la propia iglesia. Nos enteramos, por ejemplo, que el cura del
pueblo se negó a dar los últimos sacramentos a uno de sus fieles porque
había albergado a un judío durante la guerra. De otro lado, el personaje
conocido como Loca Madona lanza aullidos cada vez que hay luna llena
porque la iglesia católica prohíbe su unión con su vecino protestante.
“Ah, las monjas”, comenta Antonia, “Aún no se extinguieron”.
Otro
delicioso momento mágico es insertado cuando años más tarde, Danielle
conoce a Lara, la maestra de su hija. El flechazo es inmediato y,
parodiando el amor romántico a primera vista, Danielle percibe a Lara
como Venus, la diosa del amor, según la representó Botticelli en el “Nacimiento de Venus”, surgiendo de una enorme concha.

Esta
extravagancia remece los cimientos del orden establecido, más aún
porque aborda el amor entre dos mujeres, y nos catapulta a una realidad
mágica donde toda convención puede ser interrogada y subvertida. En esta
nueva realidad, la relación entre Danielle y Lara que se inicia a
partir de ese momento no es presentada como una experiencia
problemática, separada o distinta a las otras relaciones que se van
creando a lo largo de la película. La fluidez con que se representa esta
relación lésbica es un signo alentador de la cinematografía feminista
de Marleen Gorris.
Cabe añadir también que la elección de la Venus de Botticelli
es especialmente significativa, pues el contenido pagano del lienzo
original era claramente contra-corriente, en tanto fue creado en un
lugar y tiempo (Florencia, c. 1485) cuando la mayoría de obras de arte
representaban temas católicos romanos. Este lienzo escapó de ser
destruida en las hogueras del religioso florentino Savonarola, donde ardieron varios otros trabajos de Botticelli con influencia pagana.
A
pesar de su abierta crítica a la iglesia, Antonia continúa asistiendo a
misa, pues, a fin de cuentas, es uno de los lugares donde el pueblo se
encuentra y donde sus experiencias son públicamente validadas o no. Otro
espacio de encuentro y socialización disponible a la comunidad es la
taberna. Pero, a diferencia de la iglesia, éste es un espacio ocupado
exclusivamente por hombres, mientras que las mujeres esperan afuera. Sin
embargo, ante la mirada de sorpresa de los parroquianos, Antonia,
acompañada de Danielle, entra a la taberna y pide un trago, en un acto
simbólico de recuperación de un espacio comunitario. Más aún, Antonia no
se amilana ante las exhibiciones de machismo del granjero Daan,
mientras que Danielle bosteza con inocente falta de interés ante las
ofertas matrimoniales del granjero.

La
propietaria de la taberna es la rusa Olga, a quien no se le conoce
familia ni antecedentes. Esta magnífica mujer es, además, a la vez
partera y funeraria, encarnando la vida y la muerte en una sola persona,
en un ciclo continuo e indivisible. Este concepto de la vida y la
muerte como parte de un ciclo continuo es una de las constantes de la
película y le da un ritmo asociado a la fuerza ineludible de los ciclos
de la naturaleza.
En
contraposición, otro tema transversal de la película es el de la
violencia. Por un lado, su ubicación en el período de post-guerra, nos
remite a recuerdos de violencia sistemática y masiva, pero la película
se limita a hacer breves alusiones a ella, quedando como telón de fondo
sobre el cual se proyectan otras formas de violencia.
La
narradora resume y nos alerta sobre la violencia de género que
predomina en algunos nichos de este microcosmo diciendo: “Las voces de
los hombres atropellaban el silencio de las mujeres”. Llevada al
extremo, la violencia de género se manifiesta en la violación incestuosa
de una joven discapacitada por su propio hermano y, más adelante, la
violación de una niña.

Hemos
mencionado también la violencia de una iglesia deshumanizada, que hace
valer un dogma por encima de la buena voluntad de un ser humano al
proteger a otro que se encuentra desvalido y por encima del amor puro
entre dos personas de diferentes religiones.
El
suicidio de Dedo Torcido, el filósofo nihilista que nunca creyó que un
día todo podría mejorar, nos habla de otro tipo de violencia. La
desilusión y desesperanza extrema de Dedo Torcido lo lleva a la
conclusión de que lo segundo mejor a no nacer es no seguir viviendo. La
actitud de Antonia y su círculo familiar ampliado es marcadamente
diferente a la de Dedo Torcido. Luego de una sucesión de desgracias y
muertes trágicas, Antonia le dice a Deedee, “…no hay nada que hacer. Hay
que vivir la vida”. Para ellas, la fuerza de la vida se impone, pues,
“La vida quiere vivir”.
Memorias de Antonia
constituye, sobre todo, un argumento a favor de una mirada y una voz
femeninas hacia las relaciones de género y la vida misma. Como dice Sellery, “A
través de una mirada femenina omnipresente, estas mujeres, cuyas
experiencias difieren en edad, educación y orientación sexual, perturban
las expectativas masculinas tradicionales de la mujer como centro
silencioso de su universo”.3
Perturban
también el discurso cinematográfico tradicional, dominado por los
hombres. Lejos de enfocarse en la opresión, sumisión o silencio de las
mujeres, la película nos muestra a Antonia y Danielle ejerciendo poder
sobre sus propios cuerpos, mentes y espíritus, para luego ayudar a otras
y otros a recuperar y usar sus propios poderes....."
Nelly Jitsuya
Fuente: La cinefilia no es patriota.
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