Acerca del intercambio epistolar entre Einstein y Freud. Por Nemrod Carrasco.Universidad de Barcelona

La  insoportable  estética  de  la  guerra:  la  correspondencia  Einstein-­‐‑ Freud   Nemrod  Carrasco. Universidad  de  Barcelona    
    
En 1931, la Comisión permanente para la Literatura y las Artes de la Liga de las Naciones encarga al Instituto Internacional de Cooperación intelectual organizar un intercambio epistolar entre intelectuales representativos “sobre temas elegidos para servir a los comunes intereses de la Liga de las Naciones y de la vida intelectual”.

 El instituto va a dirigirse a Einstein quien, a su vez, sugiere a Freud como interlocutor. En junio de 1932, el secretario del Instituto escribe a Freud para invitarle a participar en este intercambio. Desde Caputh (Postdam), Einstein envía una carta a Freud el 30 de julio de 1932, un año antes de que el nazismo tomase el poder en Alemania, con la siguiente pregunta: ¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Freud contesta desde Viena apenas un mes más tarde, septiembre de 1932, señalando que cuando se enteró de que Einstein le propuso hacer un intercambio de ideas sobre el tema indicado no dudó en aceptar inmediatamente. El año siguiente, 1933, el Instituto publica esta correspondencia en París en tres lenguas —alemán, francés e inglés— bajo el título, ¿Por qué la guerra?, pero en Alemania se prohíbe su difusión. Como señala David Benhaim, es harto extraño que los analistas hayan prestado muy poca atención a la carta de Einstein y publicado sólo la respuesta de Freud

.1 Esta omisión es ciertamente curiosa si tenemos en cuenta que Einstein decide por sí mismo cuál es la cuestión a tratar, despeja las soluciones más evidentes y, en fin, propone las condiciones bajo las cuales se espera que Freud responda como un “experto de la vida pulsional”. ¿No dice esto muchísimo sobre su propia posición respecto del problema? Sin duda, Freud no es para Einstein sólo el analista de la vida “instintiva”, sino también aquel que ha indicado el marco “destructivo” de la agresividad que anida en el interior de los hombres. Si la guerra es una especie de destino trágico en el que estamos implicados, un “fatum” cada vez más apremiante e insoportable justamente a causa del “progreso” de la técnica, ¿hay algún modo de afrontar directamente el fenómeno de la guerra sin caer presos en su fatalidad? La pregunta dirigida a Freud, por lo tanto, se trata de algo más que una pregunta: Einstein busca orientación en una situación problemática, pero, ¿hasta qué punto está dispuesto a oír la respuesta a su demanda? Y, sobre todo, ¿cómo reacciona Freud ante esta exigencia? Nuestra tesis es que la respuesta de Freud no es muy distinta, aunque no exactamente igual, a la que habría efectuado un psicoanalista frente a su paciente.2   
La carta de Einstein y los términos del problema  
El punto de partida de Einstein resulta prometedor. A simple vista, las causas sociológicas y políticas 
                                                 2 La diferencia más remarcable es que la verdad no va a salir de la boca del paciente, sino del psicoanalista Freud, cuyo materialismo parece oponerse al final de la misiva al pacifismo idealista de Einstein. 
     
deberían poder agotar las razones que conducen a los hombres a la guerra: “el afán de poder que caracteriza a la clase gobernante”, o “la existencia de un pequeño grupo [que ve] en la guerra… nada más que una ocasión para favorecer a sus intereses particulares” podrían explicar o, mejor todavía, ilustrar con un aceptable grado de acierto y de plausibilidad el por qué de la guerra. Pero Einstein es consciente del carácter insatisfactorio de este tipo de argumentos y plantea la necesidad de aprender a valorarlos con perspectiva, de distanciarnos de la fascinación de estas causas directamente visibles protagonizadas por un determinado sujeto, unas causas asociadas a unos agentes claramente identificables. Hay que ser capaz de percibir los contornos del trasfondo que generan los estallidos bélicos. De lo contrario, corremos el riesgo de esconder nuevamente el nudo de la violencia. Éste es el punto de partida, quizás incluso el axioma, de la carta que Einstein dirige a Freud: la violencia de esas minorías mortíferas que usan la prensa, la escuela y la iglesia con fines manipuladores sólo es la parte visible de una violencia que incluye algo más: el sometimiento de la mayoría a un estado –el de la guerra- que no representa más que sufrimiento, dolor y muerte. ¿Por qué los hombres no huyen en desbandada cuando masas de cientos de miles de ellos son llevados al frente? La guerra no opera exclusivamente en los casos evidentes de incitación y en las relaciones de dominación social. Tiene que haber algo más profundo que, según Einstein, pueda dar cuenta de la pregunta más decisiva: ¿Cómo es que la movilización de las masas logra despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo hasta llevarlos a sacrificar su vida? Lo verdaderamente chocante se reduce a esta terrible constatación, a saber, que el hombre entusiasmado por la arenga política pueda someterse voluntariamente a la guerra. Aquí encontramos el perspicaz interrogante con el que arranca la carta de Einstein. Lo que viene a continuación son los intentos del físico judío por controlar y remover este componente excesivo presente en la naturaleza humana. La vía de solución más inmediata consiste en plantear el aspecto más hobbesiano del problema: los Estados son unos “lobos artificiales” portadores de violencia y enemistad a la escena internacional, lo que hace necesario someterse a una instancia jurídica global que arbitre todo conflicto que pueda surgir entre ellos. Después de que la Primera Guerra Mundial haya confrontado a las sociedades europeas con los horrores y espantos de una guerra geográfica y tecnológicamente ilimitada, ya no cabe confiar kantianamente en la autovinculación moral de los gobiernos. La seguridad internacional implica que las naciones deben renunciar incondicionalmente a una parte de su soberanía a favor de la institución supranacional.3 Sin ese momento de obligación, el consenso pacífico de naciones jamás tendrá a su disposición el poder necesario para legislar y hacer cumplir las decisiones de sus tribunales, sin permanecer secuestrada por la inestable constelación de intereses y finalmente sucumbir —como acabó sucediendo con la Sociedad de Naciones establecida en Ginebra.    Esta reflexión simple y evidente sobre el modo en que un derecho cosmopolita podría actuar como medio de reconciliación, mediación y coexistencia pacífica entre los Estados está directamente relacionada con el análisis                                                

 3  Mientras Kant exponía en El proyecto para una paz perpetua que el sistema internacional puede y debe replicar el modelo nacional del contrato social (una posición que resultó muy atractiva entre los defensores de la Sociedad de Naciones), la escuela realista de las relaciones internacionales, que desde el siglo XIX domina en Occidente, apunta hacia la posición hobbesiana, a saber, que los estados tienen total libertad para perseguir sus intereses. Una reformulación de esta oposición se halla en el pacifismo jurídico de Kelsen, pero, sobre todo y muy particularmente, en el cosmopolitismo kantiano de Habermas que, en su intento por divorciar la teoría política de toda la tradición contaminada del nacionalismo alemán, rechaza vehemente la teoría de la soberanía de Carl Schmitt. A propósito del problema de la soberanía y la necesidad de un derecho cosmopolita, véase Habermas (1999: 147-188).   

que hace Einstein de los poderosos factores psicológicos que bloquean una posible correlación de fuerzas supranacional. Einstein conoce de sobra el fracaso de los intentos destinados a alcanzar esta meta y lo imputa no a la inconsistencia del proyecto político. El problema no está en la organización institucional sino en resistencias psicológicas más vigorosas, presentes de un modo mucho más difuso en: a) la cultura política de los Estados, cuyos gobiernos manifiestan su hostilidad a toda limitación de la soberanía nacional; b) la insaciable necesidad de poder de la clase dominante; c) la propaganda cultural y el uso manipulado de los medios de comunicación de masas. Einstein pone su foco, desde luego, en cómo la concurrencia de estos factores convierte el deseo de exterminar al otro en una psicosis colectiva y hasta qué punto es posible redirigir el desarrollo psíquico de los seres humanos de tal manera que estos se vuelvan más resistentes a las psicosis del odio y de la destrucción.4 La posibilidad de neutralizar y erradicar esta pulsión agresiva es aquello de lo que Freud debe dar razón, lo que debe colocar el problema de la paz y de la guerra en el sitio que le corresponde a fin de marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.  
Las inversiones dialécticas de Freud  
Einstein sabe dónde está el problema y lo plantea en unos términos que responden a la actualidad de una demanda que exige un cierto grado de concreción: intuye que la radicalidad de las razones de la guerra se localiza en el indeterminado mundo de la psique y de los instintos y no duda en apelar a la competencia de Freud para obtener de él “unos métodos educativos” que desarrollen otras posibles acciones hasta ahora no exploradas. Que éstas son las expectativas que Einstein desea satisfacer es algo indudable. Lo que resulta desconcertante es el modo en que Freud reacciona a las mismas:  
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a cambiar ideas sobre un tema que ocupaba su interés y que también le parecía digno del ajeno, manifesté complacido mi aprobación. Sin embargo, esperaba que usted eligiría un problema próximo a los límites de nuestro actual conocimiento, un problema ante el cual cada uno de nosotros, tanto el físico como el psicológico, pudiera abrirse un acceso especial, de modo que, acudiendo de distintas procedencias, se encontrase en el mismo terreno. Por ese motivo, me sorprendió su pregunta sobre lo que podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra. Al principio me asusté ante la impresión de mi —estaba a punto de decir— “nuestra” incompetencia, pues aquella parecíame una tarea práctica que correspondía a los hombres de Estado5.  
La sorpresa por la pregunta sobre la fatalidad de la guerra y el susto por la incompetencia rebajan, sin duda, las expectativas puestas en su respuesta al problema planteado por Einstein. ¿Estamos ante lo que algunos califican de un simple “malentendido”? ¿Se trata de un simple artificio para expresar la profundidad de una problemática cuya solución siempre se alcanza inadecuada? Pero, ¿qué pasaría si entendiéramos el gesto de Freud como una provocación socrática? ¿Por qué no pensarlo en términos de la tradicional oposición entre eiron y alazon, tal y como aparece entre los griegos o en la comedia helénica, el chico listo y el chico tonto? El chico listo, que aquí por necesidad debía ser Freud, se hace pasar por el chico tonto, expresa su estupor ante una pregunta que debería haberle producido el efecto opuesto e incluso plantea dudas acerca de su importancia en el mismo momento en que expresa su preferencia para hablar de otra cosa. Dicho de forma breve: es muy difícil no observar en estos elementos textuales una estrategia discursiva que no responda a una actitud irónica. El espíritu de la ironía, si es que existe tal cosa en la carta de Freud, nos advierte de entrada de un problema mal planteado por Einstein o, por lo menos, formulado en unos términos que sólo parecen entender los hombres de Estado. Pero, sobre todo y fundamentalmente, nos obliga a prestar atención a un dispositivo retórico cuyo principal fin es invertir dialécticamente las premisas teóricas del texto de Einstein. Freud sintoniza de inmediato con el punto de partida einsteiniano, pero prefiere hablar de la relación entre el derecho y la fuerza en unos términos sustancialmente distintos. Violencia (Gewalt) es un término más rotundo y mantiene con el derecho una relación más ambigua de la que se imagina Einstein, cuyo recurso a la fuerza transfiere a un ordenamiento jurídico trans-nacional. La fuente de Freud quizás sea menos política pero resulta más radical: para explicar la relación entre la violencia y el derecho conviene reconstruir efectivamente este proceso hacia atrás, pero en una clave hobbesiana. En primer lugar, Freud explora el momento en que el poder de los individuos aislados prevalecía sobre una mayoría de seres endebles. Esta relación de dominio venía a significar que el individuo más fuerte era el único fundamento verdadero del poder. Era, en efecto, un dominio singularmente privilegiado sobre cualquier otro, por cuanto en él se daba, de la forma más bruta, la violencia. Y, sin embargo, sólo cuando la comunidad hace prevalecer con posterioridad su violencia contra el individuo aparece propiamente el concepto de derecho. En este tránsito, es fácil señalar que esta violencia colectiva que concentra la comunidad, de acuerdo con Freud, no es más que la pervivencia de la agresividad originaria del individuo, sólo que ahora focalizada en un punto y transformada. Mucho más difícil e inquietante resulta reconocer y asumir plenamente el hecho de que el tránsito de la violencia al derecho es ya en sí mismo un acto violento. El panorama freudiano es, en efecto, el weberiano del Estado que tiende al monopolio de la violencia legítima. En la misma medida en que la comunidad reintroduce la violencia y con ella el derecho, se afianzan los vínculos identificativos –Eros- entre los miembros del nuevo cuerpo social. Pero de esta manera, no se hace desaparecer ni la violencia ni la guerra:  
Por un lado, algunos de los amos tratarán de eludir las restricciones que rigen para todos, es decir, abandonarán el dominio del derecho para volver al dominio de la violencia; por el otro, los oprimidos tenderán constantemente a procurarse más poder y querrán que la ley recoja esta variación, es decir, que se progrese del derecho desigual al derecho igual para todos.6  El derecho se convierte así en expresión de las desiguales relación de poder que operan en la imposición                                                 6  Ibid., p. 77. Freud está pensando en el proyecto bolchevique y su propuesta de “eliminar la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y estableciendo la igualdad entre los participantes”; pero lo considera una ilusión: “Por ahora están armados a conciencia y mantienen en gran medida unidos a sus partidarios por medio del odio hacia todos los extraños” (88). 
de cualquier orden legal. No niega Freud que las relaciones de dominio que puedan históricamente redefinirse en el seno de una comunidad o en su conflicto con otras puedan dar lugar a períodos de paz siempre transitorios y más o menos duraderos en función del empleo de la fuerza. Tampoco parece descartar la idea de una liga supra estatal con un poderío autónomo suficiente que regule los conflictos internacionales, aunque no se le escapa la dificultad de una cesión de la soberanía por parte de los estados y la pujanza de los nacionalismos.  Sin embargo, por más que intenta convencerse de la posibilidad de acabar con la guerra, su pensamiento crítico le ofrece una razón desarmante: “Se comete un error de cálculo si no se tiene en cuenta que el derecho fue originalmente violencia bruta y que sigue sin poder renunciar al apoyo de la violencia.”7 Con la estoica clarividencia del que no se deja estafar por el recurso a una suerte de pacifismo jurídico, Freud trata de ilustrar hasta qué punto cualquier intento de confiar el problema de la guerra exclusivamente al derecho responde a un utopismo sumamente ingenuo ante la reaparición de la violencia en las formas y prácticas del derecho. Replantear la guerra desde el límite del derecho significa, pues, mantener las condiciones que hacen inviable luchar contra su fatalidad. Si llamamos “fatalidad” a la categoría de aquello que pretendidamente sobreviene al margen y a despecho de toda intervención de voluntad humana, vale la pena interrogarse en qué medida la violencia impuesta por arbitrio, por ley, vendría a ocupar precisamente el lugar de la fatalidad, esa especie de funesto acontecer del que la guerra forma parte. Expresado en otras palabras: si el derecho y la violencia se hallan en una relación continua, ya sea por un acto de decisión (Schmitt) o por consenso explícito (Kelsen), conviene deshacerse de la ilusión de que las normas que puedan prohibir la guerra traigan consigo su efectiva eliminación.8 De todos modos, lo verdaderamente decisivo es el vínculo establecido por Freud entre esta estricta correlación hobbesiana violencia/derecho y su doctrina de las pulsiones, de la cual señala sólo las líneas generales. De acuerdo con dicha doctrina,  
suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquéllas que quieren conservar y reunir las llamadas eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El Banquete de Platón [...] y otras, que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción.9   
La intrincación de ambas pulsiones es, sin duda, la observación más relevante de Freud. Aun cuando operen como fuerzas contrarias, es preciso reconocer que actúan de manera conjunta, hasta el punto de que ambas son necesarias para mantener la vida del sujeto. De manera que cuando los hombres deciden hacer la guerra e incluso se entusiasman con la idea de participar en las contiendas militares están respondiendo a un complejo pulsional de signo aparentemente opuesto, pero que no puede ser desintrincado, so pena de que advenga la muerte del sujeto. Dado que nuestra conducta obedece a la confluencia de estos dos tipos de pulsiones, la cultura sólo                                                 7  Ibid., p. 82. 8 La noción de soberanía que Schmitt plantea en Teología Política (1922) nos ofrece un notable contrapunto con el pacifismo jurídico expuesto por Kelsen en El problema de la soberanía y la teoría del derecho internacional (1920) pero, muy especialmente, con Benjamin y su obra Para una crítica de la violencia (1921).   9  Einstein y Freud, edición citada, p.  83.  
puede instituirse, según Freud, sobre el funcionamiento conjunto de ambos. La pulsión erótica siempre requiere de la agresión para conquistar sus metas. Y a la inversa, la fuerza destructiva, cuando se dirige hacia el exterior del sujeto, nunca se da de un modo totalmente puro, sino que se presenta acompañada de alguna modalidad del impulso erótico. Tras lo cual Freud hace punto y aparte y vuelve a presentarnos la pulsión en cuestión de esta manera:  
Pero una parte de la pulsión de muerte se mantiene activa en el interior del ser; hemos tratado de explicar gran número de fenómenos normales y patológicos mediante la interiorización de esta pulsión de destrucción. Hasta hemos cometido la herejía de atribuir el origen de nuestra conciencia moral a tal orientación de la agresión hacia el interior.10   
Conviene detenerse en este apunte decisivo: la pulsión de muerte consiste en la presencia de algo estrictamente inherente al sujeto que le impulsa a odiar y destruir al otro. Al introducir este intruso traumático en su interior, Freud da aquí un paso decisivo que —en la medida en que consideremos con cuidado todas sus consecuencias— invierte nuevamente el cuadro presentado por Einstein: antes de proceder a cualquier moralización acerca de las pulsiones, hay que tener en cuenta que el origen de nuestra conciencia moral está en la autoagresión, hasta el punto de que su erradicación del sujeto entrañaría la desintegración del reino mismo de la moral.11  ¿Cómo deberíamos entonces concebir la relación entre la pulsión de muerte, este impulso extraño alojado en el corazón mismo del sujeto, y el problema de la guerra? Ciertamente, Freud reconoce esta pulsión como un “exceso” inherente, interno, una suerte de antagonismo inmanente que según su magnitud puede resultar directamente nocivo para la salud del sujeto, pero que puede ser negado-superado con la orientación de dicha pulsión hacia la destrucción en el mundo exterior. Sin embargo, tal lectura, a pesar de su carácter convincente, y hasta evidente por sí misma —así parece darlo a entender Freud de una manera inequívoca— no puede pasar por alto el énfasis decisivo de aquél: la negatividad de la pulsión de muerte, la destrucción del sujeto vuelta hacia sí mismo (esta experiencia de Hiflosigkeit propia de lo sublime), no es un momento transitorio, negado en el resultado final de la Kultur; el quid radica en estar dispuestos a admitir que estas tendencias destructivas bajo las cuales se exterioriza la pulsión de muerte “son más afines a la naturaleza que nuestra resistencia contra ellas”.   Aquí toca Freud el criterio dirimente de la cuestión: el pensamiento y el sentimiento de los hombres están tan profundamente penetrados por este antagonismo pulsional originario que no cabe otra salida que la de ser conscientes de ello, y esto demuestra hasta qué punto el problema de la guerra, desde la óptica de la moral, es un problema que no puede ser resuelto a partir de la teoría. De ahí que Freud se dirija directamente a Einstein en estos términos:  
                                           
Quizá tenga usted la impresión de que todas nuestras teorías forman una suerte de mitología que, en ese caso, ni siquiera sería grata. Pero, ¿acaso no se orientan todas las ciencias de la naturaleza hacia una mitología parecida? ¿Acaso se encuentra hoy en la física en distinta situación?12   
La guerra, al igual que la neurosis, es una enfermedad que surge de la represión de los impulsos, por lo que quizás al ser detectados éstos podrían ser neutralizados muchos de los sufrimientos que provoca. Pese a ello, Freud, “el teórico alejado del mundo”, admite que poco puede hacer para resolver una cuestión tan práctica y urgente como determinar las causas de la guerra. Se limita a formular una mitología de las pulsiones cuyo reconocimiento esté sujeto a los recursos de los que se disponga en cada momento. Si bien parte de ese reconocimiento —y esto resulta crucial— debe pasar por el abandono de una moral que consiste, entre otras cosas, en intentar justificar algo que no puede ser justificado o no necesita ser justificado, a menos que queramos crear una imagen falsa de nosotros mismos. Llegados a este punto, Freud decide reformular la cuestión planteada por Einstein:   
¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la aceptamos como una más entre las muchas dolorosas miserias de la vida? Parece natural; biológicamente bien fundada; prácticamente casi inevitable. No se escandalice usted por mi pregunta, pues al tratarse de una investigación seguramente se puede adoptar la máscara de una superioridad que en realidad no se posee [...] La guerra niega de la forma más violenta actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso cultural, y por eso nos alzamos contra la guerra; simplemente, ya no la soportamos, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino de que en nosotros se agita una intolerancia constitutiva, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada. Y parecería que la ignominia estética [ästhetischen Erniedrigungen] implícita en la guerra no contribuye menos a nuestra rebelión que sus crueldades.13  
A lo que tenemos que estar atentos es al carácter estético de este rechazo. Por mucho que se encarezca la trágica negatividad y se repudie la cruenta inhumanidad de la guerra, es preciso considerar por qué nuestra intolerancia hacia ella es de un orden socialmente rechazable no por su contenido moral en sí, sino simplemente porque no es estética, es decir, porque supone la exhibición de una pulsión natural que no se debería mostrar. El signo de esta pulsión sigue tan vivo y activo en todos los aspectos de nuestra cultura, y su impulso permea tan posesivamente la disposición anímica de los individuos, que cualquier vistazo a la historia de los seres humanos — asegura Freud—  impide esperar una mínima eficacia inmunológica contra una pasión tan enraizada en el sujeto, totalmente vigente y operante, dispuesta a saltar a la más leve solicitación que pueda llegarle. La pregunta planteada por Freud cobra así todo su sentido: si esta pulsión, hasta en las más diversas manifestaciones, ha acabado por hacerse prácticamente omnipresente, ¿por qué no se la acepta como una miseria más de las muchas que nos depara la vida? ¿Por qué suscita entre los pacifistas un sentimiento de vergüenza que resulta intolerable? Y, sobre todo, ¿por qué no dejar de escandalizarse y tratar de hacer de la intrincación de las pulsiones un elemento favorable al desarrollo de la civilización?   No es en modo alguno accidental que Freud cierre la carta con esta última pirueta dialéctica. Freud interpreta la pregunta formulada por Einstein no con el fin de darle una respuesta (lo que se espera del que ocupa la posición de supuesto sujeto del saber), sino de responder a lo que está en el lugar de la pregunta, esto es, la vergüenza. Si la pregunta de Einstein es objeto de una interpretación sintomática es porque la carta de Freud desea mostrar lo que otros se empeñan en ocultar. La vergüenza que el pacifismo se niega a reconocer implica soslayar algo que en la teoría de Freud es central: la imposibilidad de desintrincar el antagonismo pulsional inherente a los seres humanos y, por ende, la estricta correlación cultural entre violencia y derecho. Lo único que puede contribuir a que no se instale la guerra es, a juicio de Freud, confiar en que pueda revertirse la dirección de esta pulsión. Aunque también quepa admitir la posibilidad contraria, dado el carácter paradójico de este complejo pulsional que es el hombre.   
Comentarios finales  
En consecuencia, deberíamos invertir la lectura habitual según la cual el pacifismo de Freud, a diferencia del modelo militante y comprometido de Einstein, se apoya en una débil motivación estética para denunciar los estragos de la guerra. No se trata únicamente de que la evolución cultural haya convertido la guerra en una forma de primitivismo ante la cual sólo cabe rebelarnos porque “simplemente, ya no la soportamos”. El hecho de que el desarrollo cultural paulatina, aunque no linealmente, domine intelectualmente la vida instintiva puede leerse como una interiorización de las tendencias agresivas. Pero lo interesante no es que nos alcemos contra la guerra porque ésta, de forma violenta y abrupta, niega esas actitudes psíquicas impuestas por el proceso cultural. La pregunta con la que Freud responde a Einstein es la pregunta socrática que cualquier pacifismo consecuente debería formularse: “¿Por qué nos avergonzamos…?” Esto es lo que explícitamente manifiesta el contenido teórico de la carta: sin la conciencia de la vergüenza estaríamos ciegos ante ciertos resultados no aceptables de la teoría, que no siempre nos conduce a conclusiones asumibles… Freud tiene buen cuidado en dejar manifiesto que su teoría es radicalmente incompetente para dar una respuesta satisfactoria al problema planteado, pero esto no significa que no pueda ser empleada para invertir dialécticamente los presupuestos de Einstein, esto es, su apuesta firme por el pacifismo jurídico así como su visión moralizante de la teoría de las pulsiones. La posición de Freud es clara: estamos inmersos en la “guerra” (como tendencia instintiva le resulta innegable), y esta inmersión es perturbada por síntomas que dan testimonio del hecho de que, en el fondo, seguimos resistiéndonos a esta inmersión. “No resistirse a esta inmersión”, por lo tanto, quiere decir asumir plenamente la vergüenza. Como apunta Adorno:    
En los seres humanos todavía no ha tomado cuerpo efectivo la vergüenza por la brutalidad incluida en el principio de la cultura. Sólo una vez que hayamos conseguido despertar esa vergüenza, hasta el punto de que ningún ser humano pueda ya contemplar imposible cómo se ejerce la brutalidad contra otros, sólo entonces podemos hablar tranquilamente de todo lo demás.14  
Aunque la llamada de Freud a la evolución cultural es una llamada cargada de escepticismo, una educación más atenta a la presencia del mal en el sujeto parece más emancipadora que una educación instituida en su falsa renegación.   



Bibliografía  
A. Einstein, S. Freud, Warum Krieg?, Kleines Diogenes Taschenbuch, Zurich, 1996.  A. Einstein, S. Freud, ¿Por qué la guerra?, editorial minúscula, Barcelona, 2001. Th. Adorno, Educación para la emancipación, Ediciones Morata, Barcelona, 1998. D. Benhaïm, “Guerra y Kultur en Freud”, http://www.letraurbana.com/articulo/94. J. Habermas, “La idea kantiana de la paz perpetua. Desde la distancia histórica de 200 años”, en La inclusión del otro, Paidós, Barcelona, 1999, pp. 147-188.  H. Kelsen, Das Problem der Souveränität und die Theorie des Völkerrechts, Scientia, Aalen, 1960.  C. Schmitt, Teología política, Trotta, Madrid, 2009. W. Benjamin, “Para una crítica de la violencia”, en Obras II/1, Abada, Madrid, 2007. 

Intercambio Epistolar entre Einstein y Freud sobre la Guerra. 1932




Carta de Einstein

Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de 1932 


Estimado profesor Freud:

La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.

Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.

Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.

El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Este hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en ese pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.

Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza, y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa.) Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.

Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.

Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas «masas iletradas». La experiencia prueba que es más bien la llamada «intelectualidad» la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.

Para terminar: hasta ahora sólo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales.) No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.

Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.

Muy atentamente,

Albert Einstein.




Carta de Freud

Viena, setiembre de 1932


Estimado profesor Einstein:

Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a un intercambio de ideas sobre un tema que le interesaba y que le parecía digno del interés de los demás, lo acepté de buen grado. Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado: qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra. Primero me aterré bajo la impresión de mí -a punto estuve de decir «nuestra»- incompetencia, pues me pareció una tarea práctica que es resorte de los estadistas. Pero después comprendí que usted no me planteaba ese problema como investigador de la naturaleza y físico, sino como un filántropo que respondía a las sugerencias de la Liga de las Naciones en una acción semejante a la de Fridtjof Nansen, el explorador del Polo, cuando asumió la tarea de prestar auxilio a los hambrientos y a las víctimas sin techo de la Guerra Mundial. Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico.

Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo de barlovento, por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber -o conjeturar-.

Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación. ¿Estoy autorizado a sustituir la palabra «poder» por «violencia» {«Gewalt»}, más dura y estridente? Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros. Es fácil mostrar que uno se desarrolló desde la otra, y si nos remontamos a los orígenes y pesquisamos cómo ocurrió eso la primera vez, la solución nos cae sin trabajo en las manos. Pero discúlpeme sí en lo que sigue cuento, como si fueran algo nuevo, cosas que todos saben y admiten; es la trabazón argumental la que me fuerza a ello.

Pues bien; los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia. Así es en todo el reino animal, del que el hombre no debiera excluirse; en su caso se suman todavía conflictos de opiniones, que alcanzan hasta el máximo grado de la abstracción y parecen requerir de otra técnica para resolverse. Pero esa es una complicación tardía. Al comienzo, en una pequeña horda  de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad. La fuerza muscular se vio pronto aumentada y sustituida por el uso de instrumentos: vence quien tiene las mejores armas o las emplea con más destreza. Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza muscular bruta; el propósito último de la lucha sigue siendo el mismo: una de las partes, por el daño que reciba o por la paralización de sus fuerzas, será constreñida a deponer su reclamo o su antagonismo. Ello se conseguirá de la manera más radical cuando la violencia elimine duraderamente al contrincante, o sea, cuando lo mate. Esto tiene la doble ventaja de impedir que reinicie otra vez su oposición y de que su destino hará que otros se arredren de seguir su ejemplo. Además, la muerte del enemigo satisface una inclinación pulsional que habremos de mencionar más adelante. Es posible que este propósito de matar se vea contrariado por la consideración de que puede utilizarse al enemigo en servicios provechosos si, amedrentado, se lo deja con vida. Entonces la violencia se contentará con someterlo en vez de matarlo. Es el comienzo del respeto por la vida del enemigo, pero el triunfador tiene que contar en lo sucesivo con el acechante afán de venganza del vencido y así resignar una parte de su propia seguridad.

He ahí, pues, el estado originario, el imperio del poder más grande, de la violencia bruta o apoyada en el intelecto. Sabemos que este régimen se modificó en el curso del desarrollo, cierto camino llevó de la violencia al derecho. ¿Pero cuál camino? Uno solo, yo creo. Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «L'union fait la force». La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único. Vemos que el derecho es el poder de una comunidad. Sigue siendo una violencia pronta a dirigirse contra cualquier individuo que le haga frente; trabaja con los mismos medios, persigue los mismos fines; la diferencia sólo reside, real y efectivamente, en que ya no es la violencia de un individuo la que se impone, sino la de la comunidad. Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término. La comunidad debe ser conservada de manera permanente, debe organizarse, promulgar ordenanzas, prevenir las sublevaciones temidas, estatuir órganos que velen por la observancia de aquellas -de las leyes- y tengan a su cargo la ejecución de los actos de violencia acordes al derecho. En la admisión de tal comunidad de intereses se establecen entre los miembros de un grupo de hombres unidos ciertas ligazones de sentimiento, ciertos sentimientos comunitarios en que estriba su genuina fortaleza.

Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones. Las circunstancias son simples mientras la comunidad se compone sólo de un número de individuos de igual potencia. Las leyes de esa asociación determinan entonces la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza como violencia, a fin de que sea posible una convivencia segura. Pero semejante estado de reposo {Ruhezustand} es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos. A partir de allí hay en la comunidad dos fuentes de movimiento en el derecho {Rechtsunruhe}, pero también de su desarrollo. En primer lugar, los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia; y en segundo lugar, los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho. Esta última corriente se vuelve particularmente sustantiva cuando en el interior de la comunidad sobrevienen en efecto desplazamientos en las relaciones de poder, como puede suceder a consecuencia de variados factores históricos. El derecho puede entonces adecuarse poco a poco a las nuevas relaciones de poder, o, lo que es más frecuente, si la clase dominante no está dispuesta a dar razón de ese cambio, se llega a la sublevación, la guerra civil, esto es, a una cancelación temporaria del derecho y a nuevas confrontaciones de violencia tras cuyo desenlace se instituye un nuevo orden de derecho. Además, hay otra fuente de cambio del derecho, que sólo se exterioriza de manera pacífica: es la modificación cultural de los miembros de la comunidad; pero pertenece a un contexto que sólo más tarde podrá tomarse en cuenta.

Vemos, pues, que aun dentro de una unidad de derecho no fue posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Pero las relaciones de dependencia necesaria y de recíproca comunidad que derivan de la convivencia en un mismo territorio propician una terminación rápida de tales luchas, y bajo esas condiciones aumenta de continuo la probabilidad de soluciones pacíficas. Sin embargo, un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrarío, contribuyeron a la trasmudación de violencia en derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuales cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden de derecho zanjaba los conflictos. Así, las conquistas romanas trajeron la preciosa pax romana para los pueblos del Mediterráneo. El gusto de los reyes franceses por el engrandecimiento creó una Francia floreciente, pacíficamente unida. Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz «eterna», ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos; las unidades recién creadas vuelven a disolverse las más de las veces debido a la deficiente cohesión de la parte unida mediante la violencia. Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras.

Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses. Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra. Ahora bien, la Liga de las Naciones se concibe como esa instancia, mas la otra condición no ha sido cumplida; ella no tiene un poder propio y sólo puede recibirlo sí los miembros de la nueva unión, los diferentes Estados, se lo traspasan. Por el momento parece haber pocas perspectivas de que ello ocurra. Pero se miraría incomprensivamente la institución de la Liga de las Naciones si no se supiera que estamos ante un ensayo pocas veces aventurado en la historia de la humanidad -o nunca hecho antes en esa escala-. Es el intento de conquistar la autoridad -es decir, el influjo obligatorio-, que de ordinario descansa en la posesión del poder, mediante la invocación de determinadas actitudes ideales. Hemos averiguado que son dos cosas las que mantienen cohesionada a una comunidad: la compulsión de la violencia y las ligazones de sentimiento -técnicamente se las llama identificaciones- entre sus miembros. Ausente uno de esos factores, es posible que el otro mantenga en pie a la comunidad. Desde luego, aquellas ideas sólo alcanzan predicamento cuando expresan importantes relaciones de comunidad entre los miembros. Cabe preguntar entonces por su fuerza. La historia enseña que de hecho han ejercido su efecto. Por ejemplo, la idea panhelénica, la conciencia de ser mejores que los bárbaros vecinos, que halló expresión tan vigorosa en las anfictionías, los oráculos y las olimpíadas, tuvo fuerza bastante para morigerar las costumbres guerreras entre los griegos, pero evidentemente no fue capaz de prevenir disputas bélicas entre las partículas del pueblo griego y ni siquiera para impedir que una ciudad o una liga de ciudades se aliara con el enemigo persa en detrimento de otra ciudad rival. Tampoco el sentimiento de comunidad en el cristianismo, a pesar de que era bastante poderoso, logró evitar que pequeñas y grandes ciudades cristianas del Renacimiento se procuraran la ayuda del Sultán en sus guerras recíprocas. Y por lo demás, en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria. Ciertas personas predicen que sólo el triunfo universal de la mentalidad bolchevique podrá poner fin a las guerras, pero en todo caso estamos hoy muy lejos de esa meta y quizá se lo conseguiría sólo tras unas espantosas guerras civiles. Parece, pues, que el intento de sustituir un poder objetivo por el poder de las ideas está hoy condenado al fracaso. Se yerra en la cuenta si no se considera que el derecho fue en su origen violencia bruta y todavía no puede prescindir de apoyarse en la violencia.

Ahora puedo pasar a comentar otra de sus tesis. Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe de moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar, que transija con ese azuzamiento. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo. Creemos en la existencia de una pulsión de esa índole y justamente en los últimos años nos hemos empeñado en estudiar sus exteriorizaciones. ¿Me autoriza a exponerle, con este motivo, una parte de la doctrina de las pulsiones a que hemos arribado en el psicoanálisis tras muchos tanteos y vacilaciones?

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir -las llamamos eróticas, exactamente en el sentido de Eros en El banquete de Platón, o sexuales, con una conciente ampliación del concepto popular de sexualidad-, y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción. Como usted ve, no es sino la trasfiguración teórica de la universalmente conocida oposición entre amor y odio; esta quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted. Ahora permítame que no introduzca demasiado rápido las valoraciones del bien y el mal. Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada; siempre está conectada -decimos: aleada- con cierto monto de la otra parte, que modifica su meta o en ciertas circunstancias es condición indispensable para alcanzarla. Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas.

Si usted quiere dar conmigo otro paso le diré que las acciones humanas permiten entrever aún una complicación de otra índole. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción. En general confluyen para posibilitar la acción varios motivos edificados de esa misma manera. Ya lo sabía uno de sus colegas, un profesor Lichtenberg  , quien en tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Gotinga; pero acaso fue más importante como psicólogo que como físico. Inventó la Rosa de los Motivos al decir: «Los móviles {Bewegungsgr¸nde} por los que uno hace algo podrían ordenarse, pues, como los 32 rumbos de la Rosa de los Vientos, y sus nombres, formarse de modo semejante; por ejemplo, "pan-panfama" o "fama-famapan"». Entonces, cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie de motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir; innumerables crueldades de la historia y de la vida cotidiana confirman su existencia y su intensidad. El entrelazamiento de esas aspiraciones destructivas con otras, eróticas e ideales, facilita desde luego su satisfacción. Muchas veces, cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacía adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconciente. Ambas cosas son posibles.

Tengo reparos en abusar de su interés, que se dirige a la prevención de las guerras, no a nuestras teorías. Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien; con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte, mientras que las pulsiones eróticas representan {repr”sentieren} los afanes de la vida. La pulsión de muerte deviene pulsión de destrucción cuando es dirigida hacia afuera, hacia los objetos, con ayuda de órganos particulares. El ser vivo preserva su propia vida destruyendo la ajena, por así decir. Empero, una porción de la pulsión de muerte permanece activa en el interior del ser vivo, y hemos intentado deducir toda una serie de fenómenos normales y patológicos de esta interiorización de la pulsión destructiva. Y hasta hemos cometido la herejía de explicar la génesis de nuestra conciencia moral por esa vuelta de la agresión hacia adentro. Como usted habrá de advertir, en modo alguno será inocuo que ese proceso se consume en escala demasiado grande; ello es directamente nocivo, en tanto que la vuelta de esas fuerzas pulsionales hacia la destrucción en el mundo exterior aligera al ser vivo y no puede menos que ejercer un efecto benéfico sobre él. Sirva esto como disculpa biológica de todas las aspiraciones odiosas y peligrosas contra las que combatimos. Es preciso admitir que están más próximas a la naturaleza que nuestra resistencia a ellas, para la cual debemos hallar todavía una explicación. Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de esta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy?

De lo anterior extraemos esta conclusión para nuestros fines inmediatos: no ofrece perspectiva ninguna pretender el desarraigo de las inclinaciones agresivas de los hombres. Dicen que en comarcas dichosas de la Tierra, donde la naturaleza brinda con prodigalidad al hombre todo cuanto le hace falta, existen estirpes cuya vida trascurre en la mansedumbre y desconocen la compulsión y la agresión. Difícil me resulta creerlo, me gustaría averiguar más acerca de esos dichosos. También los bolcheviques esperan hacer desaparecer la agresión entre los hombres asegurándoles la satisfacción de sus necesidades materiales y, en lo demás, estableciendo la igualdad entre los participantes de la comunidad. Yo lo considero una ilusión, Por ahora ponen el máximo cuidado en su armamento, y el odio a los extraños no es el menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores., Es claro que, como usted mismo puntualiza, no se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra.

Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraría, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo.  La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana.

Una queja de usted sobre el abuso de la autoridad me indica un segundo rumbo para la lucha indirecta contra la inclinación bélica. Es parte de la desigualdad innata y no eliminable entre los seres humanos que se separen en conductores y súbditos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría, necesitan de una autoridad que tome por ellos unas decisiones que las más de las veces acatarán incondicionalmente. En este punto habría que intervenir; debería ponerse mayor cuidado que hasta ahora en la educación de un estamento superior de hombres de pensamiento autónomo, que no puedan ser amedrentados y luchen por la verdad, sobre quienes recaería la conducción de las masas heterónomas. No hace falta demostrar que los abusos de los poderes del Estado {Staatsgewalt} y la prohibición de pensar decretada por la Iglesia no favorecen una generación así. Lo ideal sería, desde luego, una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa sería capaz de producir una unión más perfecta y resistente entre los hombres, aun renunciando a las ligazones de sentimiento entre ellos. Pero con muchísima probabilidad es una esperanza utópica. Las otras vías de estorbo indirecto de la guerra son por cierto más transitables, pero no prometen un éxito rápido. No se piensa de buena gana en molinos de tan lenta molienda que uno podría morirse de hambre antes de recibir la harina.

Como usted ve, no se obtiene gran cosa pidiendo consejo sobre tareas prácticas urgentes al teórico alejado de la vida social. Lo mejor es empeñarse en cada caso por enfrentar el peligro con los medios que se tienen a mano. Sin embargo, me gustaría tratar todavía un problema que usted no planteó en su carta y que me interesa particularmente: ¿Por qué nos sublevamos tanto contra la guerra, usted y yo y tantos otros? ¿Por qué no la admitimos como una de las tantas penosas calamidades de la vida? Es que ella parece acorde a la naturaleza, bien fundada biológicamente y apenas evitable en la práctica. Que no le indigne a usted mi planteo. A los fines de una indagación como esta, acaso sea lícito ponerse la máscara de una superioridad que uno no posee realmente. La respuesta sería: porque todo hombre tiene derecho a su propia vida, porque la guerra aniquila promisorias vidas humanas, pone al individuo en situaciones indignas, lo compele a matar a otros, cosa que él no quiere, destruye preciosos valores materiales, productos del trabajo humano, y tantas cosas más. También, que la guerra en su forma actual ya no da oportunidad ninguna para cumplir el viejo ideal heroico, y que debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción una guerra futura significaría el exterminio de uno de los contendientes o de ambos. Todo eso es cierto y parece tan indiscutible que sólo cabe asombrarse de que las guerras no se hayan desestimado ya por un convenio universal entre los hombres. Sin embargo, se puede poner en entredicho algunos de estos puntos. Es discutible que la comunidad no deba tener también un derecho sobre la vida del individuo; no es posible condenar todas las clases de guerra por igual; mientras existan reinos y naciones dispuestos a la aniquilación despiadada de otros, estos tienen que estar armados para la guerra. Pero pasemos con rapidez sobre todo eso, no es la discusión a que usted me ha invitado. Apunto a algo diferente; creo que la principal razón por la cual nos sublevamos contra la guerra es que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas. Después nos resultará fácil justificar nuestra actitud mediante argumentos.

Esto no se comprende, claro está, sin explicación. Opino lo siguiente: Desde épocas inmemoriales se desenvuelve en la humanidad el proceso del desarrollo de la cultura. (Sé que otros prefieren llamarla «civilización».  )Ý A este proceso debemos lo mejor que hemos llegado a ser y una buena parte de aquello a raíz de lo cual penamos. Sus ocasiones y comienzos son oscuros, su desenlace incierto, algunos de sus caracteres muy visibles. Acaso lleve a la extinción de la especie humana, pues perjudica la función sexual en más de una manera, y ya hoy las razas incultas y los estratos rezagados de la población se multiplican con mayor intensidad que los de elevada cultura. Quizás este proceso sea comparable con la domesticación de ciertas especies animales; es indudable que conlleva alteraciones corporales; pero el desarrollo de la cultura como un proceso orgánico de esa índole no ha pasado a ser todavía una representación familiar  . Las alteraciones psíquicas sobrevenidas con el proceso cultural son llamativas e indubitables. Consisten en un progresivo desplazamiento de las metas pulsionales y en una limitación de las mociones pulsionales. Sensaciones placenteras para nuestros ancestros se han vuelto para nosotros indiferentes o aun insoportables; el cambio de nuestros reclamos ideales éticos y estéticos reconoce fundamentos orgánicos. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que empieza a gobernar a la vida pulsional, y la interiorización de la inclinación a agredir, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien, la guerra contradice de la manera más flagrante las actitudes psíquicas que nos impone el proceso cultural, y por eso nos vemos precisados a sublevarnos contra ella, lisa y llanamente no la soportamos más. La nuestra no es una mera repulsa intelectual y afectiva: es en nosotros, los pacifistas, una intolerancia constitucional, una idiosincrasia extrema, por así decir. Y hasta parece que los desmedros estéticos de la guerra no cuentan mucho menos para nuestra repulsa que sus crueldades.

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que los otros también se vuelvan pacifistas? No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud cultural y el de la justificada angustia ante los efectos de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras en una época no lejana. Por qué caminos o rodeos, eso no podemos colegirlo. Entretanto tenemos derecho a decirnos: todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra. 

Saludo a usted cordialmente, y le pido me disculpe si mi exposición lo ha desilusionado.

Sigmund Freud

"La Segunda Guerra Mundial En Profundidad". Articulo del United States Holocaust Memorial Museum


Les transcribo un articulo de la pagina web de la  Enciclopedia del Holocausto, del Museo del Holocausto de EEUU..Tambien les recomiendo ver la pelicula "El Camino hacia el Genocidio Nazi", en la misma pagina web.
Nora Suban
 "LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EN PROFUNDIDAD"
La Alemania nazi y el imperio japonés desataron la Segunda Guerra Mundial con la intención de establecer, mediante la conquista militar, un dominio permanente sobre Europa y Asia respectivamente. Estos dos países eran los miembros más importantes de la alianza del Eje, que estaba basada en el anticomunismo y la insatisfacción con el orden mundial después de la Primera Guerra Mundial.
Bajo el liderazgo del dictador Adolf Hitler, la Alemania nazi buscaba la adquisición de un vasto y nuevo imperio de "espacio vital" (Lebensraum) en Europa Oriental y en la Unión Soviética. El liderazgo nazi calculaba que la concreción de la hegemonía alemana en Europa demandaría entablar una guerra y comenzó a planificar una guerra europea a partir del día en que los nazis llegaron al poder a fines de enero de 1933.
El imperio japonés seguía una política de conquistas militares que gozaba del apoyo de su emperador, la cúpula militar y muchos miembros de la élite culta que buscaban el dominio y la influencia de Japón en todo el este asiático y el Océano Pacífico. En 1936, Alemania y Japón formaron un frente anticomunista que apuntaba a la Unión Soviética. Ese mismo año la Italia fascista y la Alemania nazi formaron la alianza del Eje, poco después de que Italia concretara su brutal y exitosa conquista de Etiopía.
Japón inició su política de conquistas militares invadiendo el territorio chino de Manchuria en septiembre de 1931. Seis años más tarde, en julio de 1937, Japón invadió a la propia China y así desató la Segunda Guerra Mundial en Asia.
Después de incorporar a Austria y las tierras de los checos sin tener que recurrir a la guerra en 1938 y 1939, y habiéndose asegurado la neutralidad de la Unión Soviética, gobernada por el dictador Joseph Stalin, mediante un pacto de no agresión, Alemania invadió Polonia. La invasión del 1 de septiembre de 1939 inició la Segunda Guerra Mundial en Europa. Como habían permitido que la Alemania nazi destruyera el estado checoslovaco de entreguerras, Gran Bretaña y Francia habían garantizado la integridad de las fronteras de Polonia en abril de 1939. Entonces respondieron a la invasión alemana de Polonia declarándole la guerra a Alemania el 3 de septiembre. En un mes, las fuerzas alemanas y soviéticas conquistaron Polonia y dividieron el estado polaco.
El cese temporal posterior a la derrota de Polonia finalizó el 9 de abril de 1940 cuando las fuerzas alemanas invadieron Noruega yDinamarca. Dinamarca se rindió ese mismo día. Noruega resistió hasta que, a comienzos de junio, las fuerzas alemanas pudieron ocupar todo el país. El 10 de mayo de 1940, Alemania comenzó a atacar a Europa Occidental invadiendo Francia y los Países Bajos(Holanda, Bélgica y Luxemburgo), que eran neutrales. A fines de mayo, los Países Bajos quedaron bajo ocupación alemana. El 22 de junio de 1940, Francia firmó un armisticio con Alemania. El armisticio posibilitó la ocupación alemana de la mitad norte de Francia y permitió el establecimiento de un régimen colaboracionista en el sur con sede en Vichy. Del 10 de julio al 31 de octubre de 1940, los alemanes libraron, y finalmente perdieron, una batalla aérea contra Inglaterra, conocida como la Batalla de Gran Bretaña.
Según los acuerdos con la Alemania nazi en 1939 respecto a la esfera de influencia, la Unión Soviética invadió Finlandia a fines de noviembre de 1939. Tras una amarga batalla librada en invierno, los soviéticos forzaron a los finlandeses a ceder el territorio de las costas del norte del Lago Lagoda, situadas al norte de Leningrado (San Petersburgo), y la costa del Ártico en marzo de 1940. Alentada por los alemanes, la Unión Soviética ocupó los estados bálticos en junio de 1940 y se los anexó en agosto de ese mismo año. Los soviéticos también le quitaron Besarabia y el norte de Bucovina a Rumania a fines de junio de 1940.
Italia entró a la guerra el 10 de junio de 1940 e invadió el sur de Francia el 21 de junio. Insatisfecho con la parte del botín que le había tocado a Italia en las negociaciones del armisticio, el dictador fascista Benito Mussolini atacó Grecia en octubre de 1940 desde Albania (tomada por los italianos en abril de 1940). A fines de octubre de 1940, los italianos también atacaron las fuerzas británicas en Egipto desde Libia, que estaba bajo control italiano. Ambas aventuras terminaron en un desastre militar que requirió la intervención de Alemania.
Alemania incitó a Hungría, Rumania y Eslovaquia en noviembre de 1940 y a Bulgaria en marzo de 1941 para que se unieran al Eje. En abril de 1941, Alemania -- con el apoyo de Italia, Hungría y Bulgaria -- invadió y desmembró a Yugoslavia. A mediados de junio, las potencias del Eje habían doblegado a Grecia. Del colapso de Yugoslavia surgió el llamado Estado Independiente de Croacia, bajo la dirección de la organización fascista y terrorista Ustasha. El nuevo Estado, que comprendía a Bosnia y Herzegovina, formalmente se unió al Eje el 15 de junio. Alemania ocupó el este de Eslovenia, el Bánato serbio y la mayor parte de la propia Serbia. Italia tomó a Istria y el oeste de Eslovenia, unió la provincia de Kosovo a Albania y ocupó la costa croata-dálmata y Montenegro. Hungría anexó a Backa, situada en el noreste de Yugoslavia, la Macedonia bajo ocupación búlgara y la provincia serbia de Pirot. Después de permitir que Bulgaria ocupara la Tracia griega, Alemania e Italia dividieron a Grecia en zonas de ocupación, con los italianos en el oeste y los alemanes en el este.
El 22 de junio de 1941, los alemanes y sus socios del Eje (excepto Bulgaria) invadieron la Unión Soviética en absoluta violación del Pacto Alemán-Soviético de agosto de 1939. Finlandia, que buscaba desagraviar su derrota del invierno de 1939-1940, se unió al Eje y a la invasión alemana. A fines de octubre de 1941, las tropas alemanas se habían adentrado profundamente en la Unión Soviética, invadiendo los estados bálticos y sitiando a Leningrado en el norte; habían invadido Smolensk y marchaban hacia Moscú en el centro; habían tomado Kiev (Kyiv) y se acercaban a Rostov en la desembocadura del río Don en el sur. El endurecimiento de la resistencia del Ejército Rojo en agosto y nuevamente en noviembre de 1941 evitó que los alemanes tomaran las ciudades clave de Leningrado y Moscú. El 6 de diciembre de 1941, las tropas soviéticas lanzaron una importante contraofensiva que expulsó a los alemanes permanentemente de las afueras de Moscú.
Un día después, el 7 de diciembre de 1941, Japón, que todavía estaba librando batalla en la China continental, lanzó un ataque aéreo sorpresa en Pearl Harbor, Hawái. Estados Unidos inmediatamente le declaró la guerra a Japón. Gran Bretaña hizo lo mismo. El 11 de diciembre, Alemania e Italia le declararon la guerra a Estados Unidos. Durante el invierno de 1941-1942, los japoneses atacaron y conquistaron Filipinas, la Indochina francesa (Vietnam, Laos y Camboya) y el Singapur británico. Al finalizar la primavera y comenzar el verano de 1942, los británicos pudieron frenar el avance japonés en Birmania; y Estados Unidos derrotó firmemente a la armada japonesa en Midway en el Pacífico. En agosto de 1942, las fuerzas estadounidenses detuvieron el avance japonés en las islas del Pacífico en dirección a Australia, en Guadalcanal, en las Islas Salomón.
En mayo de 1942, la Real Fuerza Aérea británica llevó adelante un asalto a la ciudad alemana de Köln (Colonia) con mil bombarderos, y ésta fue la primera batalla en territorio alemán. Durante los tres años siguientes, las fuerzas aéreas aliadas bombardearon sistemáticamente ciudades y plantas industriales de todo el Reich, con lo que en 1945 habían reducido a escombros a buena parte de las zonas urbanas de Alemania.
A fines de 1942 y comienzos de 1943, las fuerzas anglo-estadounidenses lograron una serie de significativos triunfos militares en el norte de África. El hecho de que las fuerzas armadas francesas de Vichy no resistieran permitió que los Aliados ocuparan rápidamente el norte francés de África hasta la frontera tunecina a pocos días de desembarcar en las costas de Marruecos y Argelia, el 8 de noviembre de 1942. Esto también desencadenó la ocupación alemana de la Francia de Vichy el 11 de noviembre de 1942. La victoria británica sobre los Afrika Korps alemanes en El Alamein (Egipto) a fines de octubre de 1942 precipitó la huída de las unidades militares del Eje hacia el oeste atravesando Libia y el este de Túnez. Atrapadas en Túnez, las fuerzas del Eje en África, aproximadamente 150.000 soldados en total, se rindieron en mayo de 1943.
En junio de 1942, los alemanes y sus socios del Eje reanudaron su ofensiva en la Unión Soviética, y llegaron a Stalingrado (Volgogrado) sobre el río Volga, tomaron la península de Crimea y penetraron en las profundidades de la región del Cáucaso a fines de septiembre de 1942. En noviembre, las tropas soviéticas lanzaron una contraofensiva en el noroeste y sudoeste de Stalingrado que aisló a las fuerzas alemanas que estaban en la ciudad. El 2 de febrero de 1943, el Sexto Ejército Alemán se rindió ante los soviéticos. Los alemanes organizaron una ofensiva más en Kursk en julio de 1943, la mayor batalla con tanques de la historia, pero las tropas y los tanques soviéticos debilitaron el ataque y asumieron una iniciativa militar que no volverían a abandonar. A fines de 1943, los alemanes se vieron forzados a evacuar el Cáucaso y a abandonar Kiev.
En julio de 1943, los aliados occidentales desembarcaron con éxito en Sicilia. Esto precipitó la decisión del Gran Consejo del Partido Fascista Italiano de deponer a Mussolini. Al mando del Mariscal de Campo Pietro Badoglio, el ejército italiano aprovechó el vacío político para derrocar al régimen fascista y reemplazarlo por una dictadura militar. A comienzos de septiembre, inmediatamente antes del desembarco de las fuerzas anglo-estadounidenses en Salerno, cerca de Nápoles, el gobierno de Badoglio se rindió incondicionalmente ante los Aliados el 8 de septiembre. Las tropas alemanas apostadas en Italia tomaron el control del norte de Italia y continuaron resistiendo. Mussolini, que había sido arrestado por las autoridades militares italianas, fue rescatado por comandos de las SSen septiembre y estableció (bajo supervisión alemana) un régimen títere neofascista en el norte de Italia.
Los Aliados desembarcaron exitosamente cerca de Anzio, en las inmediaciones del sur de Roma, pero no pudieron tomar Roma hasta comienzos de junio de 1944. Las tropas alemanas continuaron ocupando el norte de Italia y resistieron tenazmente hasta que se rindieron, el 2 de mayo de 1945. Tras la liberación de Roma, las fuerzas aéreas aliadas pudieron bombardear blancos alemanes en Europa Oriental, como las plantas de combustible y goma sintéticos de Auschwitz-Monowitz en Silesia.
El 6 de junio de 1944 (el día D), más de 150.000 soldados aliados desembarcaron en las costas de Normandía (Francia). Después de estar atrapados en la costa de Normandía durante seis semanas, los británicos y los estadounidenses lograron escapar el 25 de julio y liberaron París el 25 de agosto. El 11 de septiembre de 1944, las primeras tropas estadounidenses cruzaron hacia Alemania. En diciembre, toda Francia, la mayor parte de Bélgica, y parte del sur de Holanda habían sido liberadas.
El 22 de junio de 1944, las fuerzas soviéticas destruyeron el Centro del Grupo del Ejército Alemán en el este de Bielorrusia. Partieron rápidamente hacia el oeste hasta el río Vístula frente a Varsovia el 1 de agosto de 1944. A comienzos de agosto, las tropas soviéticas, que habían conquistado la provincia de Besarabia al este de Rumania, aparecieron en el río Prut y prepararon un golpe en el corazón de Rumania, con lo que precipitaron la rendición de Rumania el 23 de agosto. Los búlgaros se rindieron el 8 de septiembre de 1944. Estos acontecimientos forzaron a los alemanes a evacuar Grecia, Albania y el sur de Yugoslavia. Para adelantarse a los esfuerzos del gobierno húngaro orientados a buscar la paz por separado, Alemania había ocupado Hungría el 19 de marzo de 1944. Entonces, en octubre, Alemania había patrocinado un golpe de estado del extremista Partido de la Cruz Flechada para evitar otro esfuerzo húngaro por rendirse. Finalmente, la aparición de tropas soviéticas en la frontera finlandesa indujo a los finlandeses a pedir el armisticio el 12 de septiembre de 1944. En agosto de 1944, el clandestino Ejército Nacional polaco y las organizaciones de la resistencia nacional eslovaca se levantaron contra los alemanes para liberar Varsovia y Eslovaquia del dominio alemán; los alemanes pudieron reprimir ambos levantamientos.
El 16 de diciembre de 1944, los alemanes lanzaron un infructuoso contraataque en Bélgica y el norte de Francia, conocido como la Batalla de las Ardenas. El día de Año Nuevo, las tropas británicas y estadounidenses habían obligado a los alemanes a replegarse a Alemania. El 12 de enero de 1945, los soviéticos reanudaron la ofensiva y liberaron Varsovia y el oeste de Polonia. En diciembre, los soviéticos habían rodeado Budapest, aunque la ciudad no cayó hasta el 13 de febrero de 1945. A comienzos de abril, los soviéticos habían expulsado a lo que quedaba del régimen de la Cruz Flechada de Hungría y habían forzado la rendición de la República Eslovaca fascista con la caída de Bratislava, el 4 de abril de 1945. El 13 de abril, los soviéticos tomaron Viena, mientras los partisanos del Mariscal Josip Tito imponían la huída de los líderes de la Ustasha y el colapso del llamado Estado Independiente de Croacia.
A mediados de febrero de 1945, los Aliados bombardearon Dresde y mataron a unos 35.000 civiles alemanes. Las tropas estadounidenses cruzaron el río Rin en Remagen el 7 de marzo de 1945. El 16 de abril de 1945, una ofensiva final soviética permitió que las fuerzas soviéticas cercaran Berlín. El 30 de abril de 1945, mientras las tropas soviéticas avanzaban hacia la Cancillería del Reich, Hitler se suicidó. El 7 de mayo de 1945, Alemania se rindió incondicionalmente ante los Aliados occidentales en Reims y el 9 de mayo ante los soviéticos en Berlín.
Después de expulsar a los japoneses de las Islas Salomón en noviembre de 1942, las fuerzas británicas y estadounidenses comenzaron a moverse lentamente hacia el norte, de isla en isla hacia Japón, mientras las fuerzas británicas trabajaban con el Gobierno Nacionalista Chino para luchar contra los japoneses en China. En una campaña paralela, el movimiento comunista chino luchaba contra los japoneses al tiempo que se defendía de los ataques de los nacionalistas. En octubre de 1944, las tropas estadounidenses desembarcaron en Filipinas. En mayo de 1945, las tropas británicas y estadounidenses habían conquistado Okinawa, la última de las principales bases japonesas antes de la del propio Japón. El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica en Hiroshima y luego lanzó una segunda bomba atómica en Nagasaki, el 9 de agosto. El 8 de agosto, la Unión Soviética le declaró la guerra a Japón e invadió el territorio de Manchuria bajo ocupación japonesa. Menos de una semana más tarde, el 14 de agosto de 1945, Japón aceptó rendirse; la ceremonia formal tuvo lugar el 2 de septiembre. La Segunda Guerra Mundial había terminado.
Como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial murieron 55 millones de personas en todo el mundo. Si bien las siguientes estadísticas están sujetas a variaciones en el material fuente disponible, sirven como referencia para hacer cálculos. En batalla, Estados Unidos tuvo 292.129 bajas y 139.709 desaparecidos en acción. La Unión Soviética tuvo 8.668.400 bajas y otros 4.559.000 desaparecidos. Alemania tuvo 2.049.872 bajas y 1.902.704 desaparecidos. China tuvo 1.324.516 bajas y 115.248 desaparecidos. Japón tuvo 1.506.000 bajas y 810.000 desaparecidos. Gran Bretaña tuvo 397.762 bajas y 90.188 desaparecidos.
La enorme cantidad de civiles muertos es igualmente sobrecogedora. La Unión Soviética perdió 14.012.000 civiles, cifras que incluyen entre un millón y un millón y medio de judíos. China perdió más de un millón de civiles, mientras que Polonia perdió casi cinco millones de civiles, entre quienes había tres millones de judíos.

Importancia del Frente Oriental en la Segunda Guerra Mundial. Articulo de Guennadi Bordiugov. Por Arnaldo Nazar


En relacion a la pelicula  "La Cruz de Hierro", adjunto un artículo muy interesante que refleja la importancia que tuvo el frente oriental en el desarrollo de la segunda guerra mundial
Es una visión distinta a la que considera que la suerte de la guerra se decidió en NORMANDÍA
ARNALDO NAZAR

En 1998 la película Salvad al soldado Ryan, del director Steven Spielberg, tuvo un gran impacto en todo el mundo. Se relata la historia del desembarco de las tropas aliadas en Normandía en junio de 1944. 
Sin embargo en opinión del historiador norteamericano Mike Davis, autor del libro ¡Salvad al soldado Iván!, y otros muchos historiadores de todo el mundo, la liberación de Europa comenzó en verano de 1944 y no precisamente en Normandía, sino cuando los partisanos soviéticos lanzaron un inesperado golpe contra la retaguardia de la poderosa Wehrmacht. A pesar de eso, cada día se recuerda menos el importante papel de la Unión Soviética en la consecución de la victoria del siglo pasado contra el fascismo. 
Los que intentan revisar la Segunda Guerra Mundial, ignoran a sabiendas las declaraciones de algunos de los políticos más importantes durante la propia guerra. "Desde el punto de vista de la gran estrategia... —recalcaba en mayo de 1942 el presidente de los EE UU, Franklin Roosevelt—, es difícil pasar por alto el indudable hecho de que el Ejército Rojo está destruyendo más soldados y armamento del enemigo que los otros 25 estados de las Naciones Unidas juntos". 
En septiembre de 1944 el primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, en un mensaje a Iósif Stalin, escribió: "Aprovecharé la ocasión mañana para repetir en la Cámara de los Comunes lo que ya he dicho anteriormente, que es precisamente el Ejército Rojo el que le ha sacado las entrañas a la máquina de guerra alemana...". 
Ni siquiera el antiguo ministro de Asuntos Exteriores de Hitler, Joachim von Ribbentrop, tenía dudas sobre la victoria. Para él las tres principales causas de la derrota de Alemania fueron la inesperada y tenaz resistencia soviética, la enorme aportación de armamento y tecnología de los EE UU y el éxito de los aliados occidentales en la batalla por la supremacía aérea. 
Si tomamos la dimensión territorial está claro que el frente soviético-alemán o frente oriental era el que tenía mayor extensión. Era hasta cuatro veces mayor que el norteafricano, el italiano y el frente occidental (alrededor de 4.000 kilómetros en 1941 y más de 6.000 en 1942). 
Según cálculos de hoy en día, el Ejército Rojo derrotó en el frente oriental 674 divisiones (508 de la Wehrmacht y 166 aliados de la Wehrmacht). El ejército anglo-norteamericano en África del Norte se enfrentó de 1941 a 1943 a entre 9 y 20 divisiones, en Italia de 1943 a 1945 fueron entre 7 y 26 divisiones y en Europa Occidental, después de que se abriera el frente occidental en 1944, entre 56 y 75 divisiones. 
En el frente oriental las pérdidas de la Wehrmacht en sus enfrentamientos con el Ejército Rojo alcanzaron el 73% del total y las bajas de las fuerzas alemanas en soldados fueron aquí cuatro veces más altas que en los escenarios bélicos de Europa Occidental y el Mediterráneo. 
Las tropas del Ejército Rojo entre 1941 y 1945 derrotaron o apresaron a 607 divisiones enemigas mientras que en el mismo tiempo las fuerzas anglo-norteamericanas lo hicieron con cerca de unas 176 divisiones. En el frente oriental la Wehrmacht perdió el 70% de todos los aviones durante la guerra, el 75% de los tanques y el 74% de la artillería.  
Es evidente también que la derrota de Alemania, que lideraba el bloque militar fascista, tuvo una influencia decisiva a la hora de liquidar los últimos rescoldos de la Segunda Guerra Mundial en Extremo Oriente. 
El general Majmut Gareyev ofrece los siguientes datos: "En agosto de 1945 las fuerzas armadas japonesas contaban con siete millones de soldados, 10.000 aviones, 500 buques de guerra, al tiempo que los EE UU y sus aliados contaban con aproximadamente 1,8 millones de soldados y 5.000 aviones en la zona del Pacífico asiático. Si la URSS no hubiera entrado en la guerra, las principales fuerzas del ejército de Kwantung podían haberse concentrado contra los estadounidenses y entonces (como pensaban los dirigentes de los EE UU) las acciones bélicas se hubieran prolongado dos años más y consecuentemente hubieran aumentado las pérdidas, más aún cuando el mando japonés ya estaba preparándose para la utilización de armas bacteriológicas. Como calculó el comité de los jefes de Estado Mayor de EE UU y Gran Bretaña, la guerra de ocupación de Japón podía haberles costado alrededor de un millón de vidas". 
Hace diez años, algunos políticos plantearon a Rusia la exigencia de que pidiera perdón a sus vecinos y aliados del bloque del este. Surgía por lo tanto por primera vez la presunción de culpabilidad de Rusia. 
Sin embargo los mismos que intentan cambiar el pasado pretenden evitar por todos los medios la cruel verdad sobre una cruel guerra. La Segunda Guerra Mundial provocó más de 50 millones de muertos, más de la mitad de las pérdidas humanas en Europa fueron de la Unión Soviética. En total supusieron más de 27 millones de personas, siendo además una importante parte de las mismas civiles y no combatientes. 
Las pérdidas de los aliados en la coalición contra Hitler en Gran Bretaña fueron de 375.000 y 369.400 heridos y 1.076.000 en EEUU, de los cuales 405.000 cayeron en todos los frentes terrestres y navales. La URSS pagó un alto precio en la guerra de liberación de la ocupación de otros estados de Europa y Asia. Más de un millón de soldados soviéticos murieron en los campos de batalla de Europa Central y del Este, en los Balcanes, en China y en Corea. 
Ni en la Unión Soviética ni en la nueva Rusia han intentado apropiarse de la victoria común, nunca se ha realizado un comercio inhumano sobre quien contribuyó más o menos en la coalición contra los nazis. Rusia nunca ha rebajado el papel de los pueblos de la Unión Soviética y los aliados en la consecución de la victoria, una memoria que no sabe de fronteras, que no distingue nacionalidades y que, sin duda, es más importante que las circunstancias políticas del momento. 
Guennadi Bordiugov, profesor de la Universidad Lingüística Estatal de Moscú y presidente de la Asociación de investigadores de la sociedad rusa.